5 de agosto: Beato Guillermo Horn (mártir)

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El 4 de mayo la Orden de los Cartujos conmemora a los mártires Juan, Agustín y Roberto y a sus compañeros. Hoy, 5 de agosto, se recuerda especialmente al beato Guillermo Horn, el último de estos dieciocho mártires.

Los mártires de la Orden de los Cartujos en Inglaterra fueron víctimas de las persecuciones del rey Enrique VIII. Enrique desterró a la reina Catalina de Aragón de su corte y se casó con Ana Bolena. Por ello fue excomulgado. Sin embargo, en 1534 Enrique impulsó el Acta de Supremacía, que lo convirtió en Jefe Supremo de la Iglesia en Inglaterra. Aquellos que permanecieran leales al Papa fueron considerados culpables de alta traición. El prior de la Cartuja de Londres, Juan Houghton, junto a otros dos priores cartujos que se encontraban en Londres en ese momento, Roberto Lawrence (de Beauvale) y Agustín Webster (de Axholme), fueron a ver a Thomas Cromwell, ministro del Rey, para pedir que se los eximiera del juramento de lealtad. En respuesta, fueron encarcelados en la Torre de Londres. Fueron juzgados, y el mismo funcionario real intimidó al jurado para que los declarara culpables de alta traición, por lo que el castigo era ser «ahorcados, destripados y descuartizados». El 4 de mayo de 1535 fueron martirizados en las horcas de Tyburn.

Poco más de un mes después, tres monjes de la Cartuja de Londres, Humphrey Middlemore, William Exmew y Sebastian Newdigate, fueron atados con cadenas durante 13 días antes de ser llevados a morir las horcas de Tyburn el 19 de junio. Y el 4 de mayo de 1536 Dom John Rochester y Dom James Walworth fueron llevados a la Cartuja de Saint Michael en Hull, en Yorkshire. Finalmente, el 11 de mayo de 1537 se los condenó por haberse negado a firmar el Acta de Supremacía y se los colgó con cadenas de las almenas de la ciudad de York hasta que murieron.

El 18 de mayo de 1537, los monjes que quedaban en la Cartuja de Londres fueron llamados a firmar el Acta de Supremacía. Algunos lo hicieron, pensando que así podrían salvar el monasterio. Pero diez monjes se negaron y fueron enviados el 29 de mayo a la prisión de Newgate. El hermano Guillermo Horn, el beato mártir que hoy conmemoramos, formó parte de este último grupo de mártires cartujos ingleses. Fueron encadenados de pie y con las manos atadas por detrás a los postes de la prisión. Todos, excepto Guillermo, murieron de hambre entre junio y septiembre de 1537. Guillermo estaba destinado a sufrir más que todos los demás. Cuando sus nueve compañeros estaban «vestidos con túnicas blancas, con palmas en las manos», él seguía languideciendo en Newgate. Más tarde fue trasladado a la Torre de Londres, donde la severidad de su tratamiento debió haberse moderado un poco, ya que tres años después seguía vivo. Finalmente, ganó la corona del martirio al ser «colgado, destripado y descuartizado» en las horcas de Tyburn el 4 de agosto de 1540.

Para ese entonces ya no había más monjes en la Cartuja de Londres. Los cartujos que habían firmado el Acta de Supremacía fueron expulsados el 15 de noviembre de 1538. Y el monasterio, como los demás monasterios y conventos del resto del Reino de Inglaterra, fue disuelto.

Oración:
Padre todopoderoso, que concediste al Beato Guillermo fortaleza para morir por la libertad de la fe; te rogamos que su intercesión nos ayude a soportar por tu amor la adversidad y a caminar con valentía hacia Tí, fuente de toda vida. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Jardín donde se encontraba la capilla de la Cartuja de Londres. El agujero en la pared (a la derecha, entre dos ventanas): se llama «hagioscopio». A través de él los monjes que no podían asistir a la misa podían ver el altar y la elevación de la Hostia.

Fuentes:

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¿Fue Tomás Moro un aspirante a cartujo?

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Algunos santos han tenido una relación especial con la Cartuja. San Juan de la Cruz consideró la posibilidad de hacerse cartujo antes de que Santa Teresa lo convenciera de ayudarla en la reforma carmelitana. Y antes de fundar la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola consideró entrar en la Cartuja de Sevilla. Al celebrar hoy, 22 de junio, la memoria del mártir inglés Santo Tomás Moro (1478-1535), queremos compartir unas líneas sobre su relación con la Orden Cartujana.

En 1499 Tomás Moro, entonces un joven y brillante estudiante de derecho, se fue a vivir a la Cartuja de Londres. En palabras de William Roper, su yerno y primer biógrafo, «se entregó a la devoción y la oración en la Cartuja de Londres, viviendo allí religiosamente, sin voto, durante unos cuatro años». ¿Ocupó una celda de monje? Seguramente no. Lo más probable es que viviera en la casa de huéspedes, o en algún lugar cercano al monasterio. Es difícil de creer que se le haya permitido vivir sin votos durante cuatro años en el claustro. Los actuales Estatutos de la Orden Cartujana establecen que «los que no son de nuestra Orden ni aspiran a entrar en ella, no se hospeden en nuestras celdas» (Libro 1, capítulo 4.9). Las reglas no habrán sido muy diferentes en los tiempos de Moro.

Debemos recordar que en esta época Moro era un esmerado estudiante de derecho en Lincoln’s Inn. Posiblemente Santo Tomás de hecho haya vivido cerca de ese lugar, apenas a un cuarto de hora del monasterio. Esto le habría permitido estar en contacto con los monjes y asistir diariamente a la misa y demás horas del Oficio Divino.

Tomás y su hija Margarita en la Torre de Londres

Sus intenciones, si es que alguna vez las tuvo, de unirse a esa u otra orden religiosa cambiaron al cabo de cuatro años. El filósofo Erasmo de Róterdam, amigo de Tomás Moro, dice que «no había ningún impedimento para que adoptara este tipo de vida, salvo el hecho de que no podía deshacerse de su deseo de casarse. En consecuencia, resolvió ser un marido casto antes que un sacerdote licencioso». Sin embargo, el destino iba a poner una vez más su camino en contacto con el de los cartujos cuando, en 1535, estando en la Torre de Londres, vio desde la ventana de su celda como los cartujos eran conducidos a su cruel final. «Meg», le dijo a su hija favorita, Margarita Roper, «mira como estos bienaventurados padres van ahora tan alegres a su muerte como los novios a sus matrimonios».

Acta de Supremacía (1534)

Cabe mencionar que, dos años después de la ejecución de Moro, cuando diez cartujos estaban encadenados en la suciedad y la miseria de la Prisión de Newgate, esperando la muerte, fue la hija adoptiva de Moro, Margaret Clement, quien durante un mes pudo pasarles alimentos a escondidas, hasta que se recrudeció la vigilancia. Nueve de estos diez monjes murieron de inanición entre junio y septiembre de 1537. El beato Guillermo Horn sobrevivió hasta el 4 de agosto de 1540, cuando fue ejecutado en las horcas de Tyburn. Su martirio cerró la lista de los dieciocho mártires cartujos ingleses. Uno de los compañeros de martirio de Guillermo en ese día fue Giles Heron, yerno de Tomás Moro.

Algunos autores dicen que cuando Erasmo cuenta que Moro «resolvió ser un marido casto antes que un sacerdote licencioso» hacía referencia a conductas inapropiadas de los cartujos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que ellos eran tenidos en muy alta estima por Santo Tomás, ya que los llamó «padres bienaventurados». Además, jamás ningún escritor ha hecho referencia a un comportamiento sexual inmoral en la Cartuja de Londres. Incluso durante la Supresión, cuando los infames comisionados Roland Lee, Richard Layton y sus compañeros habrían registrado las mismísimas cloacas del monasterio para encontrar alguna acusación contra la comunidad, nunca escribieron ni una sola palabra contra la pureza de la vida en ese claustro.

Cuatro años viviendo en la Cartuja de Londres seguramente fueron un punto de inflexión en la vida de Santo Tomás. Los hábitos de oración, ayuno y penitencia lo acompañaron el resto de su vida. La espiritualidad cartujana desempeña un papel similar en muchas personas hoy día. Incluso cuando estas personas no aspiran a ser monjes o monjas, la Cartuja es una estrella orientadora en sus vidas de fe. Como en la vida de Santo Tomás, la espiritualidad cartujana puede ser una brújula que nos orienta en nuestro camino a lo esencial: Sólo Dios.

Fuentes:

Charterhouse in London: Monastery, Mansion, Hospital, School (Gerals Davies 1921)

Erasmus to Ulrich von Hutten (1519)

The Life of Sir Thomas More (William Roper 1556)

The London Charterhouse: Its Monks and Martyrs (Lawrence Hendricks 1889)

Cardinal Robert Sarah in the Grande Chartreuse

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Extracted from the prologue to the book «The Power of Silence».
Author of the book: Cardinal Robert Sarah
Author of the prologue: Nicolas Diat
Year: 2016

When the idea germinated of asking the Father General of the Carthusian Order to take part in this book, we scarcely thought that such a project was possible. The cardinal did not want to disturb the silence of the principal monastery of the Order, and it is extremely rare for the Father General to speak.

Nevertheless, on Wednesday, February 3, 2016, in the early afternoon, our train stopped at the station in Chambéry. The gray sky was suspended over the mountains that surround the town. The sadness of winter seemed to set the landscape and the people in a sticky glue. As we approached the Chartreuse mountain range, a snowstorm started and covered the valley with a perfect white. After coming through St. Laurent du Pont on the famous way of Saint Bruno, the road became almost impassable. Driving along by the high walls of the monastery, we came across the novice master, Father Seraphico, and several young monks who were returning from their walk. They turned around as the cardinal’s automobile passed, greeting him discreetly. Then the car stopped in front of a long, solemn, austere building: we had arrived at the Grande Chartreuse.

Thick clumps of snowflakes fell, the wind rushed into the fir trees, but the silence already enveloped our hearts. We slowly crossed the main courtyard, then were directed to the large priors’ house, built by Dom Innocent le Masson in the seventeenth century, which opens onto the imposing officers’ cloister. The seventy-fourth Father General of the Carthusian Order, Dom Dysmas de Lassus, welcomed the cardinal with an especially touching simplicity.

Quickly, after a conversation that lasted no more than five minutes, we arrived at our cells. From the window of the room where I was settled, I could contemplate the monastery, clothed in its white mantle, nestled against the overwhelming slope of the Grand Som, more beautiful than any of the images that have built up the immutable myth of the Grande Chartreuse. The long, solemn series of separate buildings lined up in a row, then, down below, the buildings housing the “obediences” or workshops of the lay Brothers. Very rarely can an outsider pass through the doors of the citadel. In this inspired place, the long tradition of the eremitic Orders, the tragedies of history, and the beauty of creation cross paths. But that is nothing compared with the depth of the spiritual realities; the Grande Chartreuse is a world where souls have abandoned themselves in God and for God.

At half past five, Vespers (Evening Prayer) gathered the Carthusians in the narrow, dark conventual church. In order to get there, it was necessary to walk through endless cold, austere corridors, where I kept thinking about the generations of Carthusians who had hastened their steps in order to participate in the Divine Office. I thought again also about the hateful, disturbing eviction of the religious on April 29, 1903, following the passage of Émile Combes’ law on the expulsion of the religious congregations, which was reminiscent of the dark hours of the French Revolution and the forced departure of the Carthusians in 1792. It is necessary to reflect on that profanation and the arrival in the ancient monastery of an infantry battalion after it had smashed the heavy entrance gates, then of two squadrons of dragoons and hundreds of demolitions specialists. The magistrates and the soldiers made their way into the church, and the Fathers were brought out of their choir stalls one by one and led outdoors. The enemies of God’s silence triumphed in shame. On the one side were the fierce supporters of a world liberated from its Creator, and on the other—the faithful, poor Carthusians, whose only wealth was the beautiful silence of heaven.

On that February evening in 2016, from the first gallery, I saw the white, hooded shadows who were taking possession of the stalls. The Fathers quickly opened the large antiphonaries that allowed them to follow the musical scores of the Vesper texts. The light diminished little by little, the chanting of the psalms followed; the cardinal, who had taken his place beside Dom Dysmas, cautiously turned the pages of the ancient books to follow the prayer. Behind him, the rood screen that separated the stalls of the Fathers in choir from those of the lay Brothers sketched in the half-light a large cross that seemed to lend still greater dignity to this striking darkness.

Carthusian «Salve Regina»

Carthusian plain chant imparts a slowness, a depth, and a piety that is sweet and at the same time rough. At the end of Vespers, the monks intoned the solemn Salve Regina. Since the twelfth century, every day, the Carthusians have intoned this antiphon to the Virgin Mary. Today there are hardly any monasteries where these notes still resound. Outside, night had fallen, and the faint lights of the monastery finally stopped time. The only thing that broke the silence was the rumbling of the packs of snow that fell from the roofs. A fog seemed to climb from the depths of the narrow valley, and the black mountain slopes provided grandiose, gloomy scenery. The monks went back to the cells. After walking through the immense corridors of the cemetery cloister, each one returned to the cubiculum where he passed such a significant part of his earthly existence. The silence of the Grande Chartreuse reasserted its inalienable rights.

While the earth is sleeping, or trying to forget, the nocturnal Divine Office is the burning heart of Carthusian life. On the first page of the antiphonary that Dom Dysmas had prepared before I arrived, I could read this notice: “Antiphonarium nocturnum, ad usum sacri ordinis cartusiensis.” It was quarter past midnight, and the monks were extinguishing the few vigil lights that were still lit in the church. Perfect darkness covered the whole sanctuary when the Carthusians intoned the first prayers. The night made it possible to observe more clearly than ever the glowing point of light marking the presence of the Blessed Sacrament. The sound of the wood in the old walnut stalls seemed to blend with the voices of the monks. The psalms followed one after the other to the slow rhythm of a Gregorian chant tone; those who regularly attend the Divine Office at Benedictine abbeys might regret the lack of purity in the style. But Night Prayer does not lend itself well to merely esthetic considerations. The liturgy unfolds in a half-light that seeks God. There are the voices of the Carthusians, and a perfect silence. Toward half past two in the morning, the bells rang for the Angelus. The monks left the church one by one. Is the nocturnal Divine Office madness or a miracle? In all the Charterhouses in the world, night prepares for day, and day prepares for night.

The Prefect of the Congregation for Divine Worship and the Discipline of the Sacraments was profoundly touched by the two nocturnal services that marked his stay. For the Cardinal, night warms a man’s heart. The one who keeps vigil at night goes out of himself, the better to find God. The silence of night is the most capable of crushing all the dictatorships of noise. When darkness descends upon the earth, the asceticism of silence can acquire more luminous dimensions.

Cardinal Sarah and Dom Dysmas

Before we departed, the cardinal wanted to have a moment of recollection in the cemetery. We walked through the monastery, those long, magnificent galleries, like labyrinths carved out by prayer. The large cloister measures 709 feet from north to south, 75 feet from east to west, or a quadrilateral with a perimeter of 1,568 feet. The foundations of this Gothic complex go back to the twelfth century; since then, permanent silence has reigned.

In the Carthusian deserts, the cemetery is located at the center of the cloister. The graves bore no names, dates, or mementos. On the one side, there were stone crosses, for the generals of the Order, and on the other—wooden crosses for the Fathers and the lay Brothers. The Carthusians are buried in the ground without a coffin, without a tombstone; no distinctive mark recalls their individual lives. I asked Dom Dysmas de Lassus the location of the crosses of the monks who had been his contemporaries and whose deaths he had witnessed. Dom Dysmas no longer knew. “The gusts of wind and the mosses have already done their work”, he declared. He could find only the grave of Dom André Poisson, one of his predecessors, who died in April 2005. The former general died at night, alone, in his cell; he departed to join all the sons of Saint Bruno, and the vast troop of hermits, in heaven.

Since 1084, Carthusians have not wanted to leave any trace. God alone matters. Stat Crux dum volvitur orbis—the world turns and the Cross remains. Before leaving, in the sunshine beneath an immaculate blue sky, the cardinal blessed the tombs. A few moments later, we left the Grande Chartreuse. The Benedictine monk who had come to pick us up declared: “You are leaving paradise.”