7 de Septiembre: San Esteban de Die (obispo cartujo)

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Esteban de Châtillon, obispo de Die, predicando al pueblo (Carducho)

Esteban nació en Lyon (Francia) en el seno de la noble familia de Châtillon a mediados del siglo XII. Poco sabemos de sus primeros años de vida. A los veinticinco años llegó a la Cartuja de Portes (Francia) para hacer una prueba de la vida cartujana. Le impresionó favorablemente y pidió ser admitido. Los monjes lo aceptaron con gusto.

Pronto se destacó por su gran fervor y abnegación y piedad. Al decir la misa, tenía el don de las lágrimas. Mirar un crucifijo era suficiente para llevarlo al éxtasis. Su espiritualidad puede resumirse así: ardiente devoción a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, a la santa Eucaristía y a la Virgen, y también celo por la liturgia. Cuando murió el prior de Portes, los monjes eligieran a Esteban como su sucesor en el año 1196. Como prior cumplió con las expectativas de la comunidad, poniendo todos sus dones al servicio de un liderazgo prudente, al tiempo que mantenía su unión con Dios. Su reputación pronto se extendió más allá de la Cartuja.

En 1202, la pequeña diócesis francesa de Die, no muy lejos de Portes, necesitaba un nuevo obispo. Los funcionarios de esa diócesis eligieron unánimemente a Esteban. Al principio se negó enérgicamente, pero cuando le llamaron la atención sobre el ejemplo de Hugo, el obispo cartujo de Lincoln, en Inglaterra, que había muerto dos años antes, finalmente aceptó.

Como obispo mantuvo la oración monástica y las austeridades, al tiempo que, con la predicación y el buen ejemplo, trabajaba incansable y fructíferamente por la salvación de las almas. Al igual que otros cartujos que llegaron a ser obispos, Esteban solía retirarse de vez en cuando a su monasterio. Siempre lo hacía sin mostrar de ninguna manera la alta dignidad con la que estaba investido.

Era muy consciente de que las responsabilidades de un obispo no están exentas de riesgos. Por eso dijo un día a un hermano cartujo moribundo «Hermano, esta enfermedad te llevará al Señor. Cuando estés con Él, por favor, reza por mí y pídele la gracia de no permitirme continuar en mi ministerio episcopal.» Sorprendentemente, Esteban murió doce días después de la muerte del hermano. Era 7 de septiembre de 1208. Tenía alrededor de 55 años, y había sido obispo durante seis años.

Oración:

Dios de poder y misericordia, que concedes
el acceso a tu eterna felicidad a tus hijos,
animosos en el espíritu pero frágiles en la
carne; haz que, en compañía de San Esteban,
podamos vivir siempre en la ciudad celestial.
Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Fuentes:

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September 7: Saint Stephen of Die (Carthusian Bishop)

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Stephen of Châtillon, Bishop of Diè, Preaching to the People (by Carducho)

Stephen was born in Lyons (France) into the noble family of Châtillon in the mid-12th century. We know little about his early life, but at twenty-five he came to try the Carthusian life at the Charterhouse of Portes (France). He was favorably impressed and asked to be admitted. The monks accepted him gladly.

He soon stood out for his great fervor and self-denial. He radiated piety. When saying Mass, he had the gift of tears. The sight of a crucifix was sufficient to carry him into ecstasy. His spirituality can be summarized as follows: ardent devotion to the Passion of our Lord Jesus Christ, to the holy Eucharist, and to our Lady, and also zeal for the liturgy. All of his piety was manifested in a vibrant atmosphere of love of God and of neighbor. So it was not astonishing that when the Prior of Portes died, the monks elected Stephen as his successor (in the year 1196). As Prior he fulfilled the expectations of the community, putting all his gifts into service of a prudent leadership, while maintaining his union with God. His reputation soon spread beyond the Charterhouse.

In 1202 the little French diocese of Die, not very far from Portes, needed a new Bishop. The officials of that diocese were unanimous in their choice of Stephen. At first he refused energetically, but when they drew his attention to the example of Hugh, the Carthusian Bishop of Lincoln in England, who had died two years earlier, he finally accepted.

As Bishop he kept up monastic prayer and austerities, while at the same time, by preaching and good example, he worked tirelessly and fruitfully for the salvation of souls. Just like other Carthusians who became Bishops, Stephen used to take a retreat from time to time in his monastery, refreshing mind and body in solitude. He always did so without showing in any way the high dignity with which he was invested.

He was well aware of the fact that the responsibilities of a Bishop are not without risks. That is why, although still only in his fifties, he said one day to a dying Carthusian brother: “Brother, this infirmity will take you to the Lord. When you are with Him, please pray for me and ask Him for the grace not to allow me to continue in my episcopal ministry.” Remarkably Stephen died twelve days after the brother died, on September 7, 1208. He was around 55 years old, and had been a Bishop for six years.

Prayer:
All-powerful God,
it is not our frail body but our ardent spirit which can reach Your eternal glory.
Make us, like Saint Stephen, strive always for those heavenly realms.
We ask this in the name of Jesus, the Lord.
Amen.

Sources:

Carthusian Saints (by a Carthusian Monk)

Official Webpage of the Carthusian Order

29 de agosto: Martirio de San Juan Bautista

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A continuación ofrecemos parte de las lecturas de maitines del día de hoy. Es una homilia de Juan Laspergio (cartujo)

Lectura 9

Hermanos carísimos, la muerte de Cristo dio origen a una multitud de creyentes. De igual modo, gracias a las virtudes y méritos de nuestro Señor Jesucristo, la muerte preciosa de sus mártires y de sus santos ocasionó el aumento considerable del número de sus fieles. De hecho, la persecución de los tiranos y la muerte de los inocentes no pudieron jamás aniquilar la religión cristiana. Al contrario, ella se desarrolló notablemente. Tenemos un ejemplo en san Juan Bautista cuyo martirio celebramos hoy. Murió por Dios. Herodes, rey ateo, quiso borrar totalmente su recuerdo de la memoria de los hombres. No sólo no se olvidó al santo, sino que, inflamados por su ejemplo, millares de hombres aceptaron voluntariamente morir por la justicia y la verdad. Ciertamente, cuanto más se esforzó el tirano por envilecerle, tanto más favoreció su renombre. ¿Qué cristiano fervoroso deja hoy día de honrar a san Juan Bautista? Por todas partes en el mundo católico se celebra su memoria; todas las generaciones lo proclaman bienaventurado; el buen olor de sus virtudes llena toda la Iglesia.

Lectura 10

Él no vivió para sí solamente; no murió tampoco para sí solamente. Admiremos el número de pecadores que se arrepintieron, imitando su vida dura y austera. Admiremos el número de personas a quienes su muerte injusta ayudó a soportar las tribulaciones. Y a nosotros, hoy, ¿de dónde nos viene el fervor que sentimos por Dios y nuestra acción de gracias, si no es del sacrificio de Juan Bautista cuya muerte por amor de Cristo celebramos? Él no se apegó a la vida, es decir, a la vida sensible, entregada al placer y opuesta a la ascesis, sino que deliberadamente la odió rechazando las tentaciones carnales. Al odiar la vida, de hecho la amó verdadera y piadosamente, y la conservó para la vida eterna. Aún más, no sólo aseguró su propia salvación, sino que fue un estímulo para que una multitud de discípulos viviesen según la justicia.

Lectura 11

¿Qué diremos de san Juan Bautista? Él, el mayor de los santos, tendió con todo su ser a la contemplación inefable del Rostro de Dios. De ahí proviene que todavía hoy hay mártires dispuestos a morir por la justicia y por Dios, ofreciéndole el sacrificio supremo de su vida. Ciertamente todos los santos arden en el anhelo por Dios. Mientras no pueden satisfacer plenamente ese deseo, ellos se consuelan provisionalmente conversando con Dios en continua oración y escuchando su palabra en las Sagradas Escrituras, conservando presentes en el espíritu sus dones y beneficios, y sobre todo recurriendo lo más frecuentemente posible a la Sagrada Comunión: en ella se nos da la mejor prenda, la marca suprema del amor divino; en ella, los santos poseen realmente la presencia de aquel a quien aman, aunque sea imposible comprenderle o gozar de él tal cual es. De ahí se puede concluir: aquel, en quien se extinguieron los apetitos carnales, y que está inflamado en el anhelo de lo alto, que desea morir por estar con Cristo y cuyo gran consuelo es la recepción de la Sagrada Eucaristía, ése puede estar absolutamente cierto de poseer el amor de Dios.

Lectura 12

Es una característica del amor divino el invitar a quien arde en él a darse al Señor: él mismo y sus bienes, por el honor de Dios, para cumplir su voluntad. La salvación eterna está vinculada al hecho de preferir la muerte al pecado: el pecado que lleva a la muerte y que ofende muy gravemente a Dios. Aún más: el amor perfecto no se contenta con evitar el pecado mortal, sino que trata de abandonarse al beneplácito de Dios. Así, san Juan Bautista despreció deliberadamente su vida mortal por amor a Cristo, prefiriendo desobedecer al tirano antes que a Dios. Hermanos carísimos, este ejemplo nos enseña que la voluntad de Dios debe anteponerse a todo. Dar gusto a los hombres es una vana utilidad: con frecuencia eso es gravemente nocivo. Ofender a Dios lleva consigo inevitablemente graves daños. Por eso, junto con los amigos de Dios, muramos a todos nuestros vicios, a todos nuestros desórdenes. Pisoteemos nuestro amor propio pecaminoso: esforcémonos por hacer crecer en nosotros el amor de Cristo. En la medida en que aumente su ardor, nos hará más felices en el cielo y más cercanos al Señor.

Fuente: Lecturas de Maitines – Ciclo B – 29 de agosto – Lecturas 9 a 12 (Cartuja San José 2020)

Imagen: La decapitación de San Juan Bautista (Caravaggio)