«Vita Christi» (Vida de Cristo)

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El 10 (o el 13) de abril de 1377 (o 1378) fallecía el cartujo Ludolfo de Sajonia. En este tiempo en que especialmente meditamos en la vida de Cristo presentamos aquí un extracto de su libro «Vita Christi», en el cual se habla sobre la importancia de meditar en la vida de Nuestro Señor.

«Nadie puede poner otro cimiento –como dice el Apóstol– fuera del ya puesto, que es Jesucristo”. El pecador que desea descargar el peso de sus pecados y conseguir la paz del alma, escucha a Jesús que incita a los pecadores al perdón y les dice: “Venid a mí todos los que estáis cargados –esto es, con la carga de los vicios– y agobiados –a saber, por el peso de los pecados–, y yo os aliviaré –es decir, sanándoos y fortaleciéndoos–”; y encontraréis la paz para vuestras almas ahora y en el futuro. Escuche, pues, el enfermo a su piadoso y solícito médico, y venga a él por una perfecta contrición, por una confesión cuidadosa, por el propósito firme de apartarse siempre del mal y hacer el bien. El pecador, luego, cuando ya se ha convertido y es fiel a Cristo, reconciliado con él por la penitencia, procure con diligencia apegarse a su médico y adquirir con él familiaridad, meditando su vida santísima con toda la devoción posible.

Evite con cuidado que, al leer la vida de Cristo, lo haga de corrida; lea algo sólo cada día. Frecuentando todos los días estas piadosas meditaciones, dirigiendo a Dios los pensamientos y los afectos, las oraciones, alabanzas y todo el quehacer cotidiano, aquiétese en él; descanse del tumulto de las cosas exteriores y de los estorbos mundanos, y duérmase suavemente. Vuelva a él siempre, esté donde esté, como a refugio piadoso y seguro contra todo el cúmulo de flaquezas humanas que constantemente combaten a los siervos de Dios. Acuda frecuentemente a los principales misterios de Cristo: la encarnación, natividad, circuncisión, presentación en el templo, pasión, resurrección, ascensión, efusión del Espíritu Santo, venida –al final– como juez, motivo éste de recuerdo especial, ejercicio y consuelo espiritual. Léase la vida de Cristo de manera que procuremos imitar su manera de vivir.

Por muchas razones debe el pecador tener en gran aprecio este modo de vida: En primer lugar, por el perdón de sus pecados. Se limpia no poco de las manchas de sus pecados cuando, haciendo juicio de su conducta, se acusa por la confesión, justamente se somete a la penitencia, y camina ya con su Dios meditando del modo dicho. “Nuestro Dios es –para aquel a quien se une– fuego que consume y limpia de pecados”. En segundo lugar, hallará en la vida de Cristo la fuente de la iluminación: ésta lo pondrá en presencia de Aquel que es “luz que brilla en las tinieblas”; iluminado por ella, aprenderá a referir toda su vida al Señor y a usar de las criaturas de tal forma que le sirvan a él y sirvan a sus hermanos para acercarlos a Dios. En tercer lugar, por el don de lágrimas, que es muy necesario al pecador en este valle de miserias; y Cristo, fuente del huerto y pozo de aguas vivas, acostumbra a darlas a los pecadores que vienen a él.

En cuarto lugar, por la reparación de las caídas cotidianas. Dios levanta siempre de ellas a los que vienen a él, conforme a aquel mandato que dio a Moisés: “Haz una serpiente de bronce y ponla como signo; el mordido que la mire, vivirá”. En quinto lugar, por la dulcedumbre y el ansiado sabor que en sí encierra, conforme a aquella afirmación: “Gustad y ved cuán dulce es el Señor”. En sexto lugar, por el conocimiento de la majestad divina. Sólo ahí puede aprenderse, según aquello de que “nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. En séptimo lugar, por la salida segura y sin temores de esta vida llena de peligros. El cristiano pecador que recibe a diario a Cristo en el retiro de su corazón, y le prepara allí, por medio de suaves meditaciones, su lecho florido, será, en correspondencia, llamado y recibido por Cristo para que esté eternamente con él, como en esta vida lo había deseado y acostumbrado.

Esta vida es buena, conforta, limpia y rejuvenece a los pecadores que la abrazan, y los convierte en compañeros de los santos y en familiares de Dios. Es amable y dulce para el diálogo. “No tiene amargura su trato, ni tedio su convivencia, sino alegría y gozo”. Es delicioso y suave; los ejercicios que no saben a eso, causan fastidio si alguna vez se intenta darse a ellos con piadoso corazón. Es sobria y reparadora, pues, según el dicho de san Ambrosio: el que recibe en su interior a Cristo, gusta y se alimenta con deleites de goces extraordinarios. Es consuelo para el solitario y compañía inmejorable, constante alegría, consuelo y aliento, “torre de fortaleza ante el enemigo y ante las tribulaciones del pecador”. Ésta es la vida llana y fácil para contemplar al Creador, de la que nadie debe prescindir, lo mismo que de la contemplación de la suma majestad, a la que nadie llega de repente, sino subiendo paso a paso por esta vida del Redentor.

Pueden enrolarse en esta vida los principiantes y párvulos, lo mismo que los aprovechados y perfectos, y encuentran en ella un apacible nido en el que colocar y esconder los hijos de su casto amor, cada uno según su capacidad. La meditación de esta vida contribuye mucho a hacer que los santos de Dios nos sean favorables, benévolos y obsequiosos cuando los invocamos; en esto atienden a lo que bajo todos los conceptos constituya nuestro gozo. La bienaventurada Virgen María, por ejemplo, Madre de misericordia, ¿podrá abandonarte o apartar de ti los ojos, aunque seas pecador, cuando vea, no una vez al día sino con frecuencia, descansar en tus brazos y en tu pecho a su Hijo, a quien ama por encima de todas las cosas? ¿Podrá, acaso, dejarte con su Hijo a quien llevas contigo, cuando te contemple acompañándolo por el modo dicho, con fiel solicitud uno y otro día, y ofreciéndole, también a diario, los servicios de tu piedad, el ministerio de tu devoción? ¡Imposible! Y de este mismo modo, todos los otros santos miran complacidos a aquellos con quienes Dios se digna habitar familiarmente, ya que cuando nos familiarizamos con la vida de Jesucristo, compartimos la suerte de ellos, para quienes también es ella su vida.

Ésta fue exactamente la vida de la bienaventurada Madre de Cristo, que lo acompañó y sirvió durante muchos años. Ésta, la vida de los apóstoles, siempre conviviendo familiarmente con Cristo y perseverando fielmente a su lado. Ésta, la vida de los ciudadanos del cielo, que gozan de Cristo y admiran sus obras maravillosas y le rendirán pleitesía eternamente. Esta vida es aquella “mejor parte”, es decir, permanecer a los pies de Cristo y escuchar sus palabras. Por esto, con razón, no les será quitada a los que ahora la viven por gracia; puesto que ella es la paga que se ofrece al siervo prudente y fiel, y que, empezada a gustar aquí, llegará en el cielo a su perfección. No hay palabras bastantes para alabar esta vida; tan buena y santa es. Más sublime que cualquier otro género de vida, puesto que es el principio de otra más alta contemplación y de la vida angélica y eterna que esperamos en la patria. ¿O es poco para ti estar continuamente con Cristo “a quien los ángeles ansían contemplar”? Si quieres reinar eternamente con Cristo, empieza a reinar ahora, y no quieras apartarte de aquel “a quien servir es reinar”.

Procura tener siempre entre las manos el Evangelio que, como dice san Agustín, es el más eminente entre todos los libros de la Sagrada Escritura, y llévalo en tu corazón continuamente, porque él te puede ilustrar con más claridad en la vida y costumbres de Cristo y en todo lo necesario para la salvación. En el mismo Evangelio encontrarás la historia, los preceptos y las promesas del Verbo Encarnado; en él, el camino, la verdad y la vida. En el ejemplo de Cristo conocerás que puedes vivir rectamente; en sus preceptos, cómo conseguirlo; y sus promesas te darán el deseo de ello. Mirando a estos tres objetivos, hay que arrojar de nosotros tres impedimentos, a saber: la impotencia, la negligencia y la ignorancia. El ignorante será ignorado; el negligente será abandonado; el falaz simulador de impotencia, será echado fuera. ¡Despierta, pues, alma devota; vigila, alma cristiana! Medita atentamente todo lo que se dice de Cristo Jesús; considéralo detenidamente; estúdialo despacio, y sigue los pasos de Jesús. Por ti bajó a la tierra desde su sede celestial; huye tú por él las satisfacciones terrenas; anhela lo celestial. Si te resulta dulce el mundo, es mucho más dulce Jesús. Si el mundo te parece amargo, todo lo sufrió Cristo por ti.

Fuente: Lecturas de Maitines – Ciclo A – 21 de Septiembre (San Mateo) – lecturas 1 a 8

Imágenes: Ilustraciones de diferentes publicaciones de «Vita Christi»

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El Niño de la espina y la Vita Christi del cartujo Ludolfo de Sajonia

Existe una obra no expuesta en el Museo del Prado de Madrid que aunque no haga referencia directa a la Orden de los Cartujos, sí guarda una estrecha relación.

Desde el más puro formalismo, se trata de un óleo sobre lienzo, pintado a finales del siglo XVII en España; por lo que si nos fijamos bien ya se aprecia perfectamente el estilo barroco. Fue una obra que perteneció a la marquesa viuda de Cabriñana y que donó, según consta en el museo, en el año 1894. Número de catálogo P01318.

P0131800NF

El Niño de la espina. Anónimo.

Este marquesado cordobés fue creado por Felipe V mediante carta real el 5 de abril de 1706. Han existido 12 descendientes directos que han ostentado el título de Marqueses de Cabriñana del Monte.

Pero no queremos referimos en particular al cuadro como objeto, sino a la temática. Se trata de una obra anónima titulada El Niño de la espina, en donde se puede ver al Niño Jesús observando una gota de sangre salir de su dedo tras haberse pinchado con una espina de la corona ante la que se encontraba meditando. Corona de espinas anacrónica, testimonio de la futura pasión y muerte del Redentor.

Como hemos dicho, la relación con la Orden viene correspondida por este tema iconográfico del lienzo: el Niño Jesús con apenas unos años ya tiene un objeto “premonitorio” de su pasión con 33 años, se adelanta de esta manera simbólicamente a su futuro. Fue un motivo pintado por muchos autores cristianos en época barroca, entre ellos Zurbarán, y que viene narrado por primera vez en la obra Vita Christi del cartujo Ludolfo de Sajonia o Rudolfo el Cartujano.

El Niño y la espina

El Niño de la espina según Zurbarán, 1630. Museo de BB.AA. de Sevilla.

La cartuja de Santa María de la Cuevas en Sevilla, situada en Isla de la Cartuja, quiso tener un cuadro con esta temática tan cartujana, de este modo se encargó a Francisco Zurbarán que pintara la obra basándose en el libro de Rudolfo (imagen superior). Mientras existió vida religiosa en esta cartuja, ésta atesoró obras de este autor que rompían con los esquemas a los que en la actualidad nos tiene acostumbrados. Tenían arcaísmos o particularidades propias del deseo de sus clientes. Recogemos un comentario de la obra: «Recogido en el interior de una sala palaciega, el joven anuda ramas de espinos para confeccionar una corona. Una de las espinas le ha pinchado y él parece reflexionar sobre el dolor que le espera, simbolizado en esta corona. Destacan por su calidad pictórica dos elementos del lienzo: por un lado, la túnica llena de pliegues acusados y con aspecto de pesar enormemente.»

Otra versión anónima

Otra versión anónima

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Distinta versión

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Otra versión utilizada como imagen para un sello de Colombia