Carta de san Bernardo a Guigo

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En el día de hoy la Iglesia conmemora a San Bernardo (1090 – 1153). Presentamos a continuación una carta que el santo le escribió a Guigo, quinto prior de la Cartuja.

Recibí la carta de vuestra santidad con tanto mayor gozo cuanto era más intenso el deseo que tenía de recibirla desde hace mucho tiempo. La he leído y releído, y a medida que iba pronunciando las palabras sentía como que me arrojaran al pecho otras tantas centellas, que han terminado por abrasar mi corazón en un fuego semejante al que vino el Señor a poner en la tierra. ¡Ah! ¡Cuán ardiente será el fuego que inflama vuestro corazón durante vuestras meditaciones cuando tales centellas echa de sí! Vuestra salutación, tan abrasada como abrasadora, me ha producido, os lo confieso ingenuamente, una impresión tan en extremo grata, que me parecía proceder no de un hombre, sino de Aquel que mandaba sus bendiciones a Jacob. No, no considero vuestra carta como uno de esos saludos ordinarios que un amigo dirige a su amigo al cruzarse acaso con él en la vía pública, sino que siento internamente que la bendición, tan grata como inesperada, que ella trae consigo, brota de las mismas entrañas de la caridad de vuestro corazón. Seáis bendecido del Señor, por haberme prevenido con bendiciones de tanta dulzura, anticipándoos a escribirme, con lo cual me dais ocasión propicia a que me tome el atrevimiento de dirigirme a vos para contestaros; cosa que hace ya mucho tiempo deseaba hacer, aunque no osaba realizarlo. Y no lo osaba por temor de turbar, con mis letras importunas, el santo reposo de que gozáis en vuestro trato íntimo con Dios; por no interrumpir, ni siquiera por unos momentos, ese silencio sagrado y perpetuo que guardáis, alejados totalmente del siglo y puestos siempre al habla con el Señor.

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Me regocijo por ello por vos y por mí: me regocijo de las ventajas que esto me proporciona, y de vuestra sinceridad. Ésta es ciertamente la caridad sincera y verdadera, que debemos pensar procede de un corazón puro, de una conciencia recta y de una fidelidad no fingida, cual ha de ser aquella que nos hace amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos. El que no ama más que sus cosas, o que las ama más que a sus prójimos, queda con esto convicto de que no las ama puramente, puesto que no los ama por ellos sino sólo por sí mismo. Ése, tal vez, no es capaz de obedecer al Salmista que le dice: “Alabad al Señor porque es Bueno”. Quizá lo alabe porque experimenta los efectos de su bondad, no porque Él es bueno en Sí. En tal caso, sepa que a él se dirige aquel reproche del mismo Salmista: “Te alabaré, Señor, y bendeciré sólo cuando reciba de ti beneficios”. Unos alaban al Señor porque es poderoso; otros lo alaban porque es dadivoso; otros, en fin, lo alaban simplemente porque es bueno en sí mismo. Los primeros son esclavos, y temen por sí; los segundos son mercenarios, y miran por sí; los terceros son hijos y rinden el honor debido a su Padre.

Así que los que temen o miran por sí, obran impulsados por su propio interés; sólo los terceros obran como hijos, o sea, animados de la caridad que no busca sus propios intereses. A ella se refiere, a lo que creo, el Salmista cuando dice: “La Ley del Señor es inmaculada, y ella es la que convierte a sí las almas”. Como que la caridad es la única capaz de despegar el corazón del amor a nosotros mismos y al mundo, y dirigirlo a Dios. Ni el temor ni el amor propio pueden convertir al alma. Cambian por algún tiempo las operaciones y los actos exteriores, jamás truecan el corazón. El esclavo hace algunas veces la obra de Dios, pero como no la hace espontáneamente, queda convencido de que permanece en su dureza de corazón. El mercenario también la hace, pero como no es gratuitamente, manifiesta con ello que va guiado por la codicia. Ahora bien, donde hay codicia hay egoísmo; donde reina el egoísmo, reina el aislamiento, y donde tiene éste su morada, de ordinario mora también la suciedad e inmundicia. Dejemos, pues, al esclavo su temor, que le sirve de ley que lo contiene; dejemos al mercenario su codicia, que le sirve de freno, al mismo tiempo que lo tienta con sus atractivos y encantos. Nada de esto es inmaculado, de suerte que pueda convertir las almas. Sólo la caridad las convierte, porque ella sola las hace verdaderamente libres.

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Digo que es inmaculada, en el sentido de que no suele guardar nada para sí; por cuanto cuando uno no tiene nada como propio, todo lo que posee pertenece a Dios; y lo que pertenece a Dios no puede ser impuro. La caridad, por consiguiente, viene a ser la ley inmaculada del Señor, en cuanto no busca sus utilidades propias, sino lo que aprovecha a muchos. Y es llamada la ley del Señor, ora porque el mismo Señor vive en ella, ora porque nadie puede poseerla sin que la haya de Él recibido. A nadie le parecerá absurdo el que diga yo que el Señor vive de la ley, puesto que ésta, como dije, se identifica con la caridad. Ahora bien, ¿quién sino la caridad conserva esta unidad inefable y suprema en la Trinidad adorable y beatísima? La caridad, pues, es una ley; es la ley del Señor, por cuanto ella mantiene íntimamente unidas entre sí a las tres Personas Divinas y las conserva apretadas, por decirlo así, con el vínculo de la paz. Con todo, nadie vaya a imaginarse que tomo aquí a la caridad como si fuese alguna cualidad o accidente, pues entonces me haría decir lo que jamás ha pasado por mi mente, es a saber, que en Dios hay algo que no es Dios. La caridad se identifica con la esencia divina: siendo este modo de hablar muy exacto y conforme a lo que nos enseña San Juan, cuando dice: “Dios es caridad”.

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¿Quién me dará la seguridad de ese espíritu que daría testimonio al mío de que yo soy uno de vuestros hijos, puesto que vuestra ley sería entonces la mía, y viviría en el mundo de un modo parecido al vuestro? Los que hacen aquello que recomienda el Apóstol, es a saber: “No tengáis otra deuda con nadie que la del amor que os debéis siempre unos a otros”, viven ciertamente en este mundo a la manera divina. No son esclavos, ni mercenarios, sino hijos. De ahí resulta que ni los mismos hijos viven sin ley, a no ser que alguno sienta de otro modo, apoyado en aquello que está escrito: “No se puso la ley – o sus penas– para el justo”. Conviene advertir, sin embargo, que la ley promulgada por el espíritu de servidumbre, y que nos hace obrar con temor, es muy distinta de la promulgada por el espíritu de santa libertad, que nos induce a obrar con suavidad. Los hijos se ven forzados a vivir bajo el dominio de aquélla, pero tampoco pueden pasarse sin ésta.

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Por consiguiente, la caridad es una ley buena y suave, la cual no sólo se soporta suave y ligeramente, sino que también hace que sean ligeras y soportables las mismas leyes propias de los esclavos y mercenarios; pues aunque no las suprime, con todo nos ayuda muchísimo a cumplirlas; de ahí que diga el Señor: “No he venido a destruir la ley, sino a darle su cumplimiento”. La caridad, pues, templa el rigor de los esclavos, ordena la de los mercenarios, y a ambas las aligera. Nunca anda sin algún temor, pero es temor casto; nunca está del todo exenta de codicia, pero es codicia ordenada. Cumple la ley del siervo, infundiéndole devoción; cumple también la del mercenario, ordenando la codicia; y todo ello de tal suerte que, armonizando admirablemente el amor con la devoción, no lo anula sino que lo purifica. Queda suprimida la pena, que siempre lleva consigo el temor servil; pero el mismo temor, transformado ya en casto, puro y filial, permanece por todos los siglos. Aquello que se lee: “La perfecta caridad echa fuera el temor”, ha de entenderse de la pena que, como dijimos, va siempre unida al temor servil; y, por tanto, en la mencionada frase del Apóstol San Juan, se pone la causa por el efecto; de forma que su recto sentido es: La perfecta caridad echa fuera el temor servil.

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En lo que toca a la codicia, ésta queda ordenada convenientemente por la caridad que le sobreviene; porque entonces el alma rechaza completamente el mal, prefiere lo mejor a lo bueno, y apetece lo bueno sólo con relación a lo que es mejor o más perfecto; de forma que, cuando por la gracia de Dios se ha conseguido esto plenamente, entonces se ama el cuerpo y todos los bienes que le son propios, sólo por el alma, a ésta se la ama por Dios, y a Dios por sí mismo. Mas como somos carnales y engendrados por la concupiscencia de la carne, es necesario que nuestra codicia o amor empiecen por la carne: si este amor es dirigido ordenada y sabiamente, va subiendo por grados sucesivos, guiado y sostenido por la gracia, hasta transformarse en espiritual; porque, como dice el Apóstol, no es lo espiritual lo que primero ha sido formado, sino lo animal o material, y en seguida lo espiritual. Y por esto es preciso que primero llevemos grabada en nosotros la imagen del hombre terreno y después la del celestial. Según esto, el hombre empieza a amarse a sí por sí mismo, pues como es carnal es incapaz de saborear nada fuera de sí. Mas como ve que no puede subsistir por sí mismo, empieza a buscar a Dios por la fe, y a amarlo, como algo que le es necesario; lo cual constituye el segundo grado de amor, en el que ama a Dios por los bienes que de ahí se le siguen, no por el mismo Dios.

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Mas después que, con ocasión de sus propias necesidades, ha comenzado a adorar a Dios, a rendirle sus homenajes y a recurrir frecuentemente a Él por medio de la meditación y lectura espiritual, por la oración y por la obediencia, a consecuencia de lo cual el Señor se va manifestando paulatinamente al alma y ésta crece en su conocimiento, que se le vuelve poco a poco más y más dulce y agradable; y así, habiendo gustado cuán suave es el Señor, pasa al tercer grado de caridad, con la cual ama ya a Dios no por sí misma, sino por el mismo Dios. En este grado permanece de asiento; tanto que yo no sé si alguno de los mortales habrá llegado jamás a encumbrarse hasta el cuarto, que consiste en que el hombre se ama a sí mismo única y exclusivamente por el mismo Dios. Afírmenlo aquellos que lo hayan comprobado y experimentado en sí, si es que haya alguno; en lo que a mí toca, confieso que lo juzgo imposible. Lo alcanzará ciertamente el siervo bueno y fiel cuando fuere introducido y como sumergido en el gozo de su Señor, y se vea como embriagado con la abundancia de su Casa. Entonces, como si estuviera del todo ebrio, olvidándose de sí por modo admirable, y como aniquilándose completamente, se lanzará con ímpetu irresistible hacia Dios y se adherirá a Él tan íntimamente que formará un mismo espíritu con Él.

Fuente: Lecturas de Maitines – Ciclo B – 20 de agosto – lecturas 1 a 8 (Cartuja San José 2020)

Imagen: San Bernardo de Claraval visita a Guigo I en la cartuja (Carducho)

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