16 de julio: Beatos Claudio y Lázaro (mártires cartujos)

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Luego del estallido de la Revolución Francesa, la Iglesia comenzó a ser perseguida en ese país. El 12 de julio de 1790, la Constitución Civil del Clero fue aprobada. Y dos años después, el 10 de agosto de 1792, se exigió a todos los sacerdotes un juramento de fidelidad al movimiento revolucionario. Este juramento desconocía la autoridad del Papa Pío VI, Sumo Pontífice en ese entonces, y de sus sucesores. De este modo, toda la Nación se encontró con un clero dividido entre miembros juramentados (los que habían prestado el juramento), y miembros refractarios (los que habían rehusado prestar tal juramento). Pronto fueron dictadas leyes por las que se establecía la deportación de todos los sacerdotes refractarios a las Guayanas, territorio lejano, del que a nadie le sería posible poder escapar vivo.

Además, en toda Francia los religiosos fueron expulsados de sus monasterios y sus muebles sacados de las casas religiosas y mal vendidos. Por lo que se refiere a la Cartuja, sólo en el año 1790 fueron suprimidas 50 casas; casi otras 20 tendrían la misma suerte a lo largo de los 7 años venideros. El fin que con todo se perseguía, era sofocar a la Iglesia y someterla al Estado.

Cartuja de Bourg-Fontaine en 1780 (por Tavernier de Jonquières)

¿Dónde estaban durante este tiempo, todos los cartujos que habían rehusado prestar el juramento? No se sabe con certeza que pasó con cada monje o monja de la Orden. Varios huyeron a Suiza, Italia o España para seguir su vida monacal en alguna Cartuja. Algunos de los que no abandonaron Francia fueron obligados a vivir en la ilegalidad, a veces ejerciendo de manera clandestina el ministerio sacerdotal entre los católicos fieles al Papa.

La Revolución Francesa hizo, por lo menos, 46 víctimas entre los cartujos:

  • 42 sacerdotes,
  • 1 subdiácono,
  • 1 monja (priora), y
  • 2 conversos.

Los 46 murieron de diversas formas:

  • 16 fueron guillotinados;
  • 14 murieron en prisión a causa de los malos tratos y el hambre;
  • 10 murieron en los barcos que debían llevarlos a las Guayanas;
  • 2 murieron en el destierro;
  • 2 fueron fusilados; y
  • 2 murieron ahogados.
Beatos Claudio y Lázaro (por Rafael Tardío)

Pero volvamos a la deportación de sacerdotes refractarios. Un primer grupo salió de Burdeos el 16 de abril de 1793. Después se decidió que las futuras partidas tendrían lugar desde Rochefort, a orillas del Río Charente. Aquí es donde se reunieron más de 800 sacerdotes entre el mes de noviembre de 1793 y el de julio de 1794. Entre ellos se encontraban quince cartujos. Todos fueron embarcados en dos viejos buques, llamados «les Deux-Associés» («los Dos-Socios») y el «Washington», los cuales habían sido anteriormente utilizados para la trata de esclavos y que permanecían anclados ante el puerto de Rochefort, a modo de un pequeño campo de concentración flotante. Muchos de estos sacerdotes morirían por agotamiento o por causa de la miseria, algunos de ellos como verdaderos testigos de fe; si bien hubo quienes, más tarde, en 1795, serían puestos en libertad. Entre ellos podemos contar cinco cartujos, los cuales sobrevivieron a la prueba.

Ahora surge la pregunta: ¿por qué sobre los diez cartujos fallecidos sobre los pontones, solamente se ha colocado a dos en la lista de los canonizables? Aquí es donde comienza la historia de la beatificación. El interés por conservar intacta la memoria de la heroicidad de los mártires de los pontones data de las primeras décadas del siglo XIX. Sin embargo, no fue hasta el s. XX en que se trabajó en serio en su beatificación.

Ruinas de la Cartuja de Bourg-Fontaine

La Sagrada Congregación de Ritos permitió, en 1952, que se abriera el proceso de la causa, la cual llevaría en adelante el nombre de Juan Bautista Souzy y sus compañeros. Sobre las 547 víctimas de los pontones de Fochefort, en un principio se escogieron 103 nombres. Más tarde este número fue reducido a 64. Esto obedecía a dos criterios. Por un lado, era necesario probar que los verdugos (es decir, las autoridades políticas y administrativas, los capitanes y marineros) habían obrado conscientemente por odio implacable contra la fe católica. Y, por otro, había que demostrar también que las víctimas habían aceptado voluntariamente sus sufrimientos y su muerte por fidelidad a Cristo y al Soberano Pontífice. Por lo tanto, para cada uno de ellos era necesario que se ofrecieran pruebas irrecusables sobre los últimos momentos de su vida, y más aún sobre las disposiciones de virtud en el momento de la muerte, demostrada por una excepcional abnegación, en particular, atendiendo a los otros condenados, haciendo de enfermeros voluntarios hasta el agotamiento. De los diez cartujos, solamente dos reunieron estos requisitos: Claudio Beguignot (1736-1794) y Lázaro Tiersot (1739-1794).

DOM CLAUDIO BEGUIGNOT profesó en la Cartuja de Bourg-Fontaine, el 15 de agosto de 1760. Sabemos muy poco de su vida en la Cartuja. Después de la supresión de su Casa huyó a Ruán. Allí fue arrestado en abril de 1793, y llevado el 6 de marzo del año siguiente a Rochefort. Allí, tras ser objeto de un cacheo fue embarcado en el buque «Les Deux-Associés». Dom Claudio de Beguignot falleció el 16 de julio de 1794, a la edad de 58 años, y fue sepultado en la isla de Aix, frente a la desembocadura del Río Charente, muy cerca de Rochefort. Más tarde, otro cartujo y compañero en la prueba, llamado LABICHE DE REIGNEFORT, ofreció de él el siguiente testimonio:

Este santo religioso falleció en el gran hospital, durante mi permanencia en él. Después de haber pasado santamente la mayor parte de su vida en la contemplación y en la práctica de todas las virtudes propias del claustro, la terminó aún más santamente en la profesión de la fe, en medio de las obras penosas de su ministerio sacerdotal, como confesor. Casi todos los enfermos acudían a él, aunque Dom Claudio estuviera tan enfermo como ellos. Tantos trabajos terminaron por enardecer su sangre. A esto se añadió el empeoramiento de una llaga que se había hecho en una pierna, y en tal forma que le ocasionó la muerte. Falleció como había vivido; con las señales de un verdadero predestinado, en el mes de julio de 1794. Con solo ver a este hombre de Dios, se sentía uno atraído por el amor a la penitencia. Llevaba la mortificación de Jesucristo en todo su cuerpo. Nunca se hubiera uno cansado de oírle hablar de Dios, tal era la unción con que lo hacía…

Por oro lado, DOM LÁZARO TIERSOT profesó en la cartuja de Ntra. Sra. de Fontenay el 18 de diciembre de 1769. Cuando fueron suprimidos los monasterios, él se retiró a la ciudad de Avallón. Allí fue detenido el 19 de abril de 1793, siendo trasladado a Auxerre, desde donde, con otros quince sacerdotes de Avallón, fue embarcado un año más tarde en el buque Washington. Falleció el 10 de agosto de 1794. Según el certificado oficial, la causa de su muerte fue «fiebre pútrida». Su cuerpo también descansa en la isla de Aix. SOUDAIS, uno de sus compañeros de infortunio, nos dejó después el siguiente testimonio sobre Dom Lázaro:

El primero de nuestro departamento que cayó enfermo fue el Padre TIERSOT, cartujo de Avallón, quien había ejercido en otro tiempo el cargo de Vicario en su Orden. Se atribuyó su enfermedad a la caritativa costumbre que había tomado de no acostarse durante cuatro días, para no molestar a sus vecinos que se quejaban de no disponer de cama… El último día de su enfermedad, algunos de los nuestros le encontraron y le dijeron que pronto volvería a unirse a nosotros en el mismo departamento. Ante esta salida, sonrió y dijo: «Mañana me toca a mí. Dentro de tres horas ya no estaré más en este mundo». Es cierto que para nosotros fue motivo de alegría, ver que uno de los nuestros iba a recibir la recompensa que justamente había merecido por tantos sufrimientos tolerados por causa de la fe; sin embargo, fue también motivo de gran dolor, perder un hombre tan extraordinario. Su sola presencia era suficiente para infundirnos valor y constancia. Cuando alguno se le quejaba del sufrimiento que tenía que soportar, el cartujo solía responder así: «Esto no es nada; merecemos mucho más. Quienes eran condenados a las minas en los primero tiempos de la Iglesia, después de haberles cortado un pie o haberles sacado un ojo, por la confesión de Jesucristo, lo pasaban mucho peor que nosotros». La dulzura de su carácter, su modestia y humildad, así como su tierna piedad, eran causa de que fuera querido y buscado por todos. Los recién venidos, que aún no le conocían, nos preguntaban al verle: «¿Quién es ese?» Y, sin esperar nuestra respuesta, añadían: «¡Ese Padre es un santo!» Yo tuve el gusto de conocerlo en Auxerre y de permanecer en su compañía cerca de diez meses. No vi en él otra cosa sino muchas y excelentes cualidades, sin ningún defecto. Me admiró, sobre todo, su fortaleza para superar cualquier sufrimiento; austero consigo mismo e indulgente hacia los demás. En él se daban de la mano un gran sentido común, con un profundo conocimiento de la teología. Falleció a principios de agosto, dejando el ejemplo de todas las virtudes. Contaba a la sazón 55 años de edad.

Isla de Aix

Juan Pablo II, el 1 de octubre de 1995, beatificó a éstos dos cartujos y a los demás 62 mártires de los pontones de Rochefort.

Oración: Fortalece, Padre, nuestras almas, para que así como nuestros hermanos, sufriendo por toda la Iglesia, consumaron su soledad, nosotros, también, viviendo en lo escondido de tu rostro, lleguemos a la caridad perfecta. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Fuentes:

Mapa de la Cartuja de Fontenay, de la cual no quedan ni las ruinas

El monte Calvario: El amor a la cruz.

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Extraído y adaptado de
«El Eremitorio: Espiritualidad del desierto»
(por un monje)

La cruz campea sobre el monasterio: es una advertencia. Todo aquí florece a la sombra de la cruz y en ella vienes a cobijarte. Bueno es en seguida llamar tu atención sobre ella. El mundo no le pone mejor cara que en tiempo de San Pablo: locura para unos, escándalo para otros (1 Co 1,23). Y aun los que la predican no lo hacen sin mucha timidez.

La vida del cartujo sólo a su luz cobra sentido. Cristo te previene: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame» (Lc 9,23). Eres débil y sensible como todo hombre, y esa perspectiva no es del todo placentera. La Cruz no sería más la Cruz si dejase de afligir. Sólo la parte espiritual de tu alma podrá regocijarse, si bien esa alegría no la encontrará en sí misma: es un don de Dios. Aun para un alma generosa, el único atractivo de la cruz es su relación con Jesús.

El Hijo de Dios se encarnó para sufrir. Su primer acto consciente en el instante mismo de su concepción fue ofrecerse como víctima para expiar nuestros pecados: «Sacrificios y ofrendas no quisiste pero me formaste un cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron; entonces dije: Mira que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Hb 10,51). Esa voluntad era que padeciese y derramase toda su sangre por nosotros. Lo dirá más tarde: (Mi vida) «nadie me la quita, yo la doy por mí mismo… tal es la orden que recibí de mi Padre» (Jn 10,18).

Jesús entra de lleno en los designios paternos y, conformando perfectamente su voluntad con la del Padre, escoge positivamente el sufrir: «En vez del gozo que le fue propuesto, soportó la cruz» (Hb 12,2), es decir, toda una vida de trabajos y dolores, del cuerpo, del corazón y del alma: todo en él ha quedado traspasado del amargor de la Cruz. Gracias a ese tremendo sacrificio somos lo que somos sobrenaturalmente, «santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10,10), (cf. 1 Pe 2,21-25).

No hace falta enseñarle al monje que «no está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo sobre su Señor» (Mt 10,24). Si corriese peligro de olvidarlo, escuche a San Pedro: «Si haciendo el bien tenéis que sufrir y lo lleváis con paciencia, esto es grato a Dios. Pues para esto fuisteis llamados, porque también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pasos, él que no cometió ninguna culpa» (1 Pe 2,20-21). Por su estructura, el cristiano es un crucificado, y la razón es la que da San Pablo: «Con Cristo estoy crucificado, pues ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,19), y «Cristo quiere continuar su Pasión en sus miembros» (Col 1,24).

La cruz está cincelada en ti por todos los sacramentos, desde el Bautismo en el que te dijeron al signarte: «Recibe la señal de la Cruz en la frente y el corazón». La Confirmación ha añadido una precisión: la Cruz es tu guion de combate: «Te señalo con el signo de la Cruz y te confirmo con el crisma de la salud». La Eucaristía y la Penitencia, revitalizan esa señal para recordarte que todo, en el orden de la gracia, te ha venido por la Cruz. Es tu fuerza y tu programa de vida. Es una bendición y también una carga. Y que se te juzgará según ella.

El desierto que te guarece del mundo es la réplica del Edén. Donde un jardín de delicias, la estepa; donde un árbol frondoso, la Cruz; el hombre se perdió en el Paraíso terrenal, se redime en el desierto. La Cruz es el verdadero árbol de la vida.

Subiendo la pendiente del eremitorio asciendes a tu calvario. No dramatices nada; no hay peor engaño que la inflación verbal o sentimental que encubre a menudo escuálidas realidades. No pocas generosidades no son heroicas más que en imaginación. Son sueño más que vida.

La cruz del cartujo es muy sencilla y muy modesta, aun siendo pesada. Sin remedio serás acribillado por las mil y una contrariedades de la vida religiosa. Es la más trivial de las cruces, pesada porque no suscita en nadie interés ni compasión. Cada uno sólo siente el peso de la propia, la única que le duele. Confiar nuestras penas a otro alivia no poco. No lo hagas. Puede que el Señor recargue tu cruz. ¡De tantas maneras sabe poner a prueba el maravilloso instrumento que es la sensibilidad! Como autor de ella la pulsa con arte divino. El cartujo no debe molestarse por ello. ¿Acaso no ha venido al monasterio para asemejarse a Cristo crucificado? Siempre nos toma Dios en serio. A veces te vendrán ganas de rebelarte. Una sola mirada al crucifijo puede sofocar ese ímpetu, sin por eso eliminar tus sufrimientos. Perderías mucho rebelándote, incluso desahogándote.

Cristo en la cruz con San Bruno, Hugo de Lincoln y Hugo de Grenoble (1600 aprox.)

Todo lo que es doloroso, física, moral, espiritualmente, cualquiera que sea el instrumento, hombres, sucesos, cosas, incluso siendo tú la causa, tiene valor de cruz para el espíritu de fe. Basta que aceptes y ofrezcas las consecuencias penosas de tus faltas o de tus fallos. La Iglesia llama «feliz culpa» al calamitoso desliz de Adán. La mejor penitencia es sobrellevar por amor los efectos molestos de tus desvaríos. Hazlo así, siempre gozarás de paz.

Si amas intensamente, desearás estar tendido sobre la Cruz. No te aflija el verte lejos de ella. Está ya bien el no rebelarte nunca, ni huir. El mismo Jesús no subió al Calvario en marcha triunfal; no lo pierdas de vista. San Pablo te dice «Reflexionad en el que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no os canséis descorazonados» (Hb 12,3). No te fíes del entusiasmo de imprenta. Es fácil escribir sublimidades.

La Sagrada Escritura es muy realista, está muy al tanto del pobre corazón humano. El Dios que la ha inspirado es asimismo el que nos ha moldeado, y nuestras quejas no le desagradan cuando se dirigen a él: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré» (Mt 11,28). Nuestros gemidos hallaron eco en el Corazón de donde brotó tan rica palabra. Nunca nos hemos de quejar de Dios a los hombres pero no le disgusta que le dirijamos a él suaves reproches. Aprende a no airear las pruebas corrientes. Si Cristo es de veras tu amigo él te basta. Él es quien te pone a prueba, ¿crees que le gustará que lo controlen los hombres?

El cartujo debe orar mucho. Recela de tu debilidad; no eres más valiente que los Apóstoles que protestaban cuando Jesús les profetizó: «Os vais a escandalizar por causa de mí esta misma noche» (Mt 26,31). Y así fue. Tu única seguridad es que Jesús haya orado por ti para que tu fe no desfallezca (Lc 22,32).

Sé humilde, no te adelantes a la gracia; lleva lo mejor que puedas las cruces de Providencia, antes de pedirlas más pesadas. El peligro lejano no asusta. ¡A cuántos paraliza su proximidad! Esto no obstante, pide el amor de la Cruz. La resignación es el grado ínfimo de la adhesión a la Voluntad de Dios. Le falta calor y empuje; deja como un resabio de pesar. La fe en la sabiduría, poder, bondad de Dios no actúa con toda su fuerza en el alma. Una cosa es aceptar lo que Dios dispone; otra, acogerlo, quererlo positivamente con él, en la visión clara del bien de la Cruz.

No eres tú quién para darte a ti mismo esa iluminación dinámica: Meditando detenidamente en la Pasión te preparas, la oración asidua y la generosidad en los sacrificios corrientes inclinan al Señor a otorgarte esa gracia. Sin embargo, arrastrarás sin duda mucho tiempo la humillación de una inconfesable aversión por la Cruz.

No te fugues a la primera alerta, ni pongas el grito en el cielo por un arañazo. Compara tu cruz con la suma de sufrimientos que la lucha por la vida inflige a la gente del mundo. Tu pusilanimidad te sonrojará. A Jesús y a nadie más es a quien debes confesar tu escaso valor, a menos que ya no puedas más. Es el único que puede prestarte ayuda eficaz. La confidencia no imprescindible de nuestras contrariedades está a menudo agusanada de amor propio. Se busca un derivativo humano, o se mendiga una aprobación de nuestra impaciencia, tal vez su tanto de admiración por nuestro tesón.

La Cartuja enseña a llevar la cruz a solas, en seguimiento de Jesús y como él. Creyó el Cireneo que lo ayudaba, cuando era Jesús quien le inyectaba su fuerza. En la Cruz Jesús no quiso la menor ayuda, el menor alivio, ni el de su Madre. No posees, bien es verdad, su fuerza divina, pero él está ahí para sostenerte. Tu cruz es una astilla de la suya y la lleva él más que tú.

La cruz es el pan de cada día del monje cartujo. «Sin apariencia ni belleza —escribía Guigo el Cartujo— así debe ser adorada la verdad». Pero la lleva tan sonriente que parece no tener ninguna. Sus lágrimas son para el Señor, que es quien las hace correr: «Tienes cuenta de mi vida errante, pon mis lágrimas en tu redoma» (Sal 55,9).

Mi experiencia en la Cartuja de Argentina

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Carta de un ex aspirante cartujo

Querido amigo de la cartuja:

Entre los que admiramos la Orden Cartujana varios tuvimos el honor y privilegio de haber vivido por algunos días en uno de sus monasterios. Habiendo hecho varios retiros en la Cartuja San José, en Argentina, escribo esta carta (acompañada por algunas fotos que allí tomé) para poder hacer partícipes de este honor y privilegio a aquellos que no han podido estar en una cartuja.

Cartuja San José – claustro de los hermanos

Hay tres citas bíblicas que me vienen a la mente cuando pienso en mi experiencia. La primera es Lc 4, 1-2: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días”. Como es sabido, salvo por escasas excepciones, sólo se puede ir a hacer un retiro a la Cartuja si se aspira a abrazar esa forma de vida. Por 16 años fui un aspirante “crónico”, por diversas razones a veces sentía que tenía esa vocación y a veces no. Y en esos 16 años hice varios retiros, 8 en total, de unos 5 días cada uno. Lo que lleva a un total aproximado de 40 días. Tal vez fueron más, pero me gusta pensar que fueron 40; me ayuda a ver que no fue accidental que haya ido ahí, no fue un error en mi historia personal.

Fui por primera vez cuando tenía 17 años, enero del 2000, en una visita que duró unas pocas horas. Sabía que debían pasar al menos 4 años para entrar por dos razones: no se aceptan a menores de 21 años y faltaban al menos 4 años para que el monasterio estuviese terminado. Los 4 monjes fundadores estaban viviendo en una mini cartuja provisoria (ahora se le llama “casa San Bruno” y tiene algunas dependencias de los hermanos). Donde ahora está el monasterio era en ese momento tierra removida y algunos cimientos. Así también me sentía yo, como alguien en construcción. En esos 4 años fui creciendo con el monasterio. Hice 3 retiros en 2001, 2002 y 2003. Pero antes que el monasterio esté terminado y antes que cumpliese los 21 muchas dudas me llevaron a postergar mi entrada indefinidamente.

Invitado por el padre rector (no había prior entonces) volví a visitar la cartuja en 2006 y 2007, pero no como aspirante. De hecho no ocupé celdas de monjes, me quedé en la hospedería. Fueron dos retiros muy cartujanos pero seguí mi propio ritmo y horario. Y después dejé de ir.

En 2011 pasé por la cartuja de nuevo cuando con mi familia fuimos a ver el rally Dakar en Córdoba. Esta vez pude ir con mi mamá y dos hermanos. Quedaron impactados. Uno de mis hermanos de hecho es ateo y algo anticlerical, pero aún hoy, cuando hablamos de la cartuja siempre dice “ellos son algo distinto”.

A mí también me impactó de manera especial esa visita. Estaba a punto de recibirme y me sentía más maduro. Después de recibirme, en enero de 2013 decidí  hacer un retiro más y entrar. Iba a ser mi sexto retiro en la cartuja pero por primera vez iba a hacerlo en una celda de monje, en la celda de un padre más precisamente. En ese retiro el maestro de novicios y yo acordamos una fecha de entrada como postulante para julio de ese año, porque tenía unas deudas que pagar. Pero en abril un hecho doloroso en mi familia, y que involucraba a la iglesia (de lo cual prefiero no dar más detalles) hizo que mi presencia afuera siga siendo importante. Y una vez más postergué mi entrada.

Cartuja San José – entrada

Este hecho doloroso del que hablaba fue un antes y un después en la religiosidad de mi familia. Fue una crisis. A mí también me afectó. Tuve una profunda depresión e incluso empecé a ser medicado. Y una vez que las nubes empezaron a abrirse después de la tormenta, unos años después, volví a hacer mis dos últimos retiros en la cartuja, en 2015 y 2016. Ocupé celdas de hermanos. Y en 2016 vi que ese no era mi lugar, de hecho me fui unos días antes de lo planeado. O tal vez es mi lugar, pero no estaba en mi mejor momento en lo personal.

Hace ya 6 años estuve en esa tierra sagrada por última vez, y pienso que nunca había pasado tanto tiempo entre una visita y otra desde que fui por primera vez. En estos 6 años ha disminuido el contacto con los monjes. Recuerdo que en los primeros años cada vez que los llamaba por teléfono me respondían y podía hablar con ellos. Ahora mi comunicación con ellos es un e-mail cada tanto con el padre maestro de novicios, el único con el cual sigo en contacto. Visitas como las que hice en 2006 y 2007 ahora son impensables. Así como yo soy muy diferente de aquel adolescente de 17 años que era en mi primera visita, la Cartuja San José tampoco es la misma. También fue madurando, se fue asentando, y en consecuencia también fue cerrando más la clausura para asemejarse al ideal que tenía san Bruno al fundar en Chartreuse y en Calabria hace 900 años. Es por eso que el contacto ha ido disminuyendo. Están rezando.

Cartuja San José – interior de la iglesia

A veces ronda en mi cabeza la idea de pedir hacer otra experiencia, pero en este momento entrar sería más difícil. Tengo un trabajo estable al cual tendría que renunciar si quisiera entrar, y de no funcionar como cartujo tendría que empezar de cero en un mundo en el que conseguir trabajo es cada vez más difícil, en especial para alguien cercano a los 40. Y mi familia, que en mi lejana adolescencia veía con tan buenos ojos que me consagre como religioso, en este momento no lo vería igual. Por no mencionar que la familia creció y ahora tengo sobrinos.

Pero aunque no entre, la cartuja quedó grabada en mí. Lo que me lleva a la segunda de las 3 citas bíblicas: “Si me olvido de ti, oh Jerusalén…” (Salmo 137). Nadie que haya pasado por ahí se va sin aprender algo. Todos los que pasamos por ahí y nos vamos nos llevamos un poco de cartuja con nosotros. En mi caso fue desapegar mi fe de los signos sensibles. Ahí entendí que Dios está pero no lo vemos, nos escucha aunque no hablemos, y que nos habla en el silencio. A eso sobre todo lo descubrí en el silencio de la celda. También me llevo una experiencia litúrgica muy rica. La misa en rito cartujano, tan simple y con tantos silencios, con esa combinación tan equilibrada entre latín y lengua vernácula, y las maitines y las laudes a la medianoche fueron una verdadera escuela de oración.

No me voy a olvidar nunca de la Cartuja. Está en mí como estaba la Tierra Prometida en el corazón de Moisés. Y esto me lleva a la tercera cita bíblica que es Dt 34, 4. Siento que también a mí, como a Moisés, Dios me dice: “A ti te he dejado verla con tus propios ojos, pero tú no entrarás en ella”.

Cartuja San José – paseo del lunes

A modo de posdata

Soy aficionado a la fotografía, y fue un regalo que en 2013 me hayan permitido llevar mi cámara. Hasta los ateos reconocen que las iglesias y los monasterios son muy fotogénicos. De entre todas las fotos que allí tomé, «paseo del lunes» es mi favorita por la anécdota que esconde, y que aquí comparto: Un lunes por la tarde, en enero de 2013, estábamos dando el paseo semanal. El padre Juan (uno de los fundadores, a quien considero un santo) me dijo «este es un buen lugar para hacer una foto del monasterio». Yo le contesté: «sí, pero mañana por la mañana la luz del sol ayudará. Aparte que no traigo mi cámara». A la mañana siguiente fui allí solo e hice esta foto. Cuando la veo, no puedo dejar de pensar en el santo monje cartujo que me sugirió hacerla.