Confiemos

Cartujo en oración

Cartujo en oración

Escribió un monje cartujo:

“El Padre nos ama y nos ama con un amor infinito. Lo propio del amor es aceptar sin explicación”

¡Qué difícil es todo esto en muchas ocasiones! Nos preguntamos sin aceptar lo que nos sobreviene: ¿por qué yo? ¿qué he hecho mal? Yo no merezco esto… Nos resistimos, empezamos un combate interno que nos desgasta, y así no nos demos cuenta de que el Padre así lo ha querido en su plan perfecto. Confiemos en Él, aprendamos del hermano pájaro que diría S. Francisco, pues ellos saben que dejará de llover, que mañana también encontrarán sus migas para comer o que tendrán cobijo sin cuestionarse el porqué de nada; sólo confían. El mismo monje de la Orden continuó escribiendo para que cada uno de nosotros repitamos:

“Yo tengo confianza en ti. No sé en qué consistirá el mañana, no sé en que consistirá el minuto próximo, pero sé que será tu amor quien lo habrá hecho y esto me basta”

Confiemos por tanto en el AMOR incondicional de Padre. Aceptemos lo que nos presenta a cada momento. Vivamos el presente conscientemente.

Notas de: Acoger a Cristo. Ed. Monte Carmelo.2009

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Iconografía de San Bruno: la rama de olivo y el salmo 52 (51)

Una de las muestras más antiguas de la iconografía de San Bruno, fundador de la Orden de la Cartuja, es la que muestra al santo con una  la rama de olivo. Otros de los símbolos que porta en mucha de su iconografía es una cruz arborescente, símbolo de fe y de penitencia, ante ella  la contempla extasiado; algunos autores la asocian a ramas de olivo también.

Según la autora López Campuzano, la imagen más antigua de San Bruno portando este símbolo se encuentra entre las xilografías de Woensanu para los libros  Sancti Brunonis y Sermtí di Luneto Brunote, escritos en 1516 por el prior Dom Petras Blomevenna (cartuja de Santa Bárbara de Colonia).

Además de la rama de olivo lleva un libro abierto en donde se lee parte del salmo 52 (51). La autora comenta: «debe entenderse como la presencia de San Bruno en la Iglesia, dando permanentemente frutos de santidad por sí y por medio de su Orden».

  «Ego sicvt oliva frvctifera in domo dei»

(Yo seré como olivo fructífero en la casa de Dios)

(Ps. 52, 10)

Vita Sancti Brunomis (1516). Xilografía de Woensam. Una de las representaciones más antiguas conocidas de San Bruno (porta una rama de olivo)

Vita Sancti Brunomis (1516). Xilografía de Woensam. Una de las representaciones más antiguas conocidas de San Bruno (porta una rama de olivo)

Ayer se inauguraba la cuaresma, tiempo de penitencia y preparación para pasión y muerte de Cristo y su resurrección, verdadera razón de la fe católica, en donde se asienta sus cimientos.

Meditemos el salmo 52: El amor de Dios dura por siempre

Del maestro de coro. Poema de David.
Cuando el edomita Doeg vino a avisar a Saúl, diciéndole: “David ha entrado en casa de Ajimélec”.

¿Por qué te jactas de tu malicia,
hombre prepotente y sin piedad?

Estás todo el día tramando maldades,
tu lengua es como navaja afilada,
y no haces más que engañar.

Prefieres el mal al bien,
la mentira a la verdad;

Amas las palabras hirientes,
¡lengua mentirosa!

Por eso Dios te derribará,
te destruirá para siempre,
te arrojará de tu carpa,
te arrancará de la tierra de los vivientes.

Al ver esto, los justos sentirán temor
y se reirán de él, diciendo:

“Este es el hombre
que no puso su refugio en Dios,
sino que confió en sus muchas riquezas
y se envalentonó por su maldad”.

Yo, en cambio, como un olivo frondoso
en la Casa de Dios,
he puesto para siempre mi confianza
en la misericordia del Señor.

Te daré gracias eternamente
por lo que has hecho,
y proclamaré la bondad de tu Nombre
delante de tus fieles.

López Campuzano, Julia. Aportaciones a la iconografía de San Bruno.

La barba, símbolo de pobreza espiritual

A pesar de que hoy en día la barba se ha puesto de moda en muchas latitudes del continente, sí es cierto que antiguamente era símbolo de pobreza, pues no todos podían acceder a las barberías para rasurarse y sentirse elegantes y coquetos.

Monje cartujo. Pintado por Manuel Navarro López (1913-2004)

Monje cartujo. Pintado por Manuel Navarro López (1913-2004)

 Así es como la barba se fue instaurando como símbolo de pobreza espiritual dentro de los miembros de la iglesia. Pensemos en las Orden de los Capuchinos y sus monjes, que desde 1528 empezaron una reforma dentro de los franciscanos, distinguiéndose por una mayor pobreza y austeridad para dedicarse a una vida contemplativa; uno de los símbolos externos adoptados por ellos fue el de sus largas barbas. Recordemos a recientes capuchinos como fue el limosnero de Granada, el beato fray Leopoldo de Alpandeire, o al «Padre Pío», santo de la orden.

 Casi todas las órdenes monásticas de clausura tenían varias distinciones dentro de sus monjes (tras el concilio desaparecieron o se mitigaron): los llamados monjes de coro y los hermanos legos. Los segundos no tenían estudios teologales y por lo tanto no eran o son sacerdotes; se dedican, además de rezar como monjes que son, a tareas más corrientes y artesanas necesarias para el sustento de la cartuja (cocina, granja, huerta…) y así los padres se pueden dedicar de forma más íntegra a la contemplación y al estudio. Éstos, como dice el Cap. Segundo-Art. Primero de la Cartuja Scala Dei escrito en el s. XIX: «el lego se distingue del sacerdote en tres puntos, á saber: que afeita toda su cabeza [los padres se dejaban una “coronilla”] y conserva la barba, que la parte inferior de su escapulario termina por línea arqueada y que no tiene traba [la cogulla]».

Los legos en los monasterios marcaban por tanto más si cabe la pobreza de su condición con la barba. Eran conocidos también como fratres conversi, (hermanos conversos), laici barbati (laicos barbados), illiterati (iletrados) del hecho de que, en siglos anteriores, los hermanos legos no solían tener formación y por lo tanto no eran aptos para los estudios que los llevaran a una vida de monje de coro o de sacerdote.

 

Pensamientos de N. P. Guigo (1136)

Imagen de San Bruno (1634), destinada para la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla. Juan Martínez Montañés

Imagen de San Bruno (1634), destinada para la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla. Juan Martínez Montañés

“Quien no ama lo perecedero, no tiene dónde lo hiera ningún enemigo poderoso. Y
si su amor a lo eterno es tal cual debe ser, entonces es invencible y eterno.

Si alguien te arrancase los cabellos, no te haría daño ninguno, si no estuviesen
éstos adheridos al cráneo. Así también, nadie te herirá lo más mínimo, sino cuando
toque lo que ha echado raíces en ti por un desordenado afecto.
Y cuantas más sean estas cosas y más hondas sus raíces, mayores también y más
profundos serán los dolores que causan.

O arrancas de raíz tu desordenado afecto a los bienes sensibles, o dispónte a
turbarte, temer y angustiarte, cuando no hay de qué.

El alma humana es atormentada, y con razón, siempre que ella se meta entre
espinas, es decir, siempre que ame algo fuera del Señor. Poseer a Dios, es posesión
segura; no se lo puede perder, mientras no se aparte de Él nuestra voluntad. Nada, por
tanto, nos daña más que nuestras afecciones desordenadas.

De cuántas aficiones, causa quizá de tu perdición, te libró la verdad: el Señor. De
cuántas tristezas temores y aflicciones. Lo mismo de los odios.”

Dom GUIGO I (1083-1137)

Apud PENSAMIENTOS DE N. P. GUIGO (Cap. VI)

Las puertas del silencio (IV)

Siguiendo con este tratado cartujano de Las puertas del silencio escrito en 1970, vemos hoy la última parte. Está orientado, como hemos ido indicando, para el joven novicio que debe ir desarmando corazón y mente para desprenderse del “hombre viejo”.

 La primera frase de hoy impone: «No le hables a ti mismo de ti mismo». Reflexionemos una vez más… ¿cuántas veces nos hemos descubierto discutiendo o enzarzados en conversaciones con nosotros mismos? Para no caer en la vanidad… «no pienses en ti, para bien, ni para mal».

 Tres cosas turban la mente del ser humano, tres cosas a evitar o al menos tenerlas controladas y localizadas en el momento que aparecen:

 –No criticar las dificultades de la vida.  Dice l escritor cartujo: «La vida es un combate, ¿no lo sabes ya?». Y bien es verdad que cada uno tenemos nuestra propia cruz, que hay que tomar para seguir a Cristo. Aceptación.

 –No sopeses tus penas ni tus sacrificios. ¿Qué es eso de ir de víctima? No te compadezcas de ti mismo: Dios ama al que da con alegría.

 –No tengas “coquetería” de tu alma. No te aflijas por tus impotencias, haz en todo momento la voluntad de Dios, con las fuerzas y gracias del momento presente, ya que como dice el autor no se te pide más. Esfuérzate sin mirar a tu alrededor, da hasta lo que puedas ofrecer… y no te compares con nadie pues eso te hará daño. Hay “santos” de todas las tallas.

San Bruno

San Bruno

Termina diciendo: «Y vive en paz bajo las alas protectoras del Dios que te ama».

 «El Señor es mi Pastor, nada me falta»

Salmo XXII

 Déjate en los brazos de Padre. Abandónate. Dice este monje: «Cada noche te dormirás murmurando: “Ten confianza ¡no te ocurrirá nada malo!”». Estoy seguro que si confiáramos más todo iría mejor.

 CONCLUSIÓN

 Sólo copiaré una frase del colofón, pues cada una de ellas en todo el escrito es una pequeña joya para meditar: «Por la gracia de Dios, observa estas cosas con toda paciencia y fidelidad. La paz descenderá a tu alma; el silencio la envolverá.»

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.

Las puertas del silencio (III)

La tercera fase que nos muestra el autor cartujo de Las Puerta del Silencio es cómo combatir las obsesiones interiores.

 Se trata de una tarea difícil ya que nuestra cabeza nos puede jugar malas pasadas muchas veces.. nos obsesionamos, le empezamos a dar vuelta a una cosa, nos fusionamos con esos pensamientos negativos y no vemos la manera se separarnos para no sufrir.

 Pensamientos, ideas, comentarios, dudas, miedos… llegan a nuestra mente racional y se imponen como una algarabía a la que no puedes controlar; quieren nuestra atención, hecho que nos hace sombra en el orden del espíritu.

 Hay dos tipos de obsesiones según este cartujo: la que no tienen fundamento real  la que sí que tiene.

 De base real, que realmente exista y tú lo vivas como victima, es decir que estés obsesionando con una enfermedad, con un dolor, con el menosprecio de alguien, por ser perseguido de algún modo…

 El cartujo nos recuerda que Cristo sufrió mil agravios más… que este tipo de persecución es una prueba, pues la «la Providencia talla, burila, pule, martillea las almas sirviéndose de los que le rodean». Seamos agradecidos y digamos: ¡Gran regalo de Dios!

 Piensa en el amor al prójimo, en tu fe, en la compasión… y olvídate de esos elementos perturbadores… ofrécete como victima y déjate caer en los brazos de Cristo.

San Bruno

San Bruno

¡El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga!

Mt. 16, 24

 Por otro lado, nos dice este monje, que puede que tu obsesión no tenga un fundamento real. Hay días que vemos las cosas con una claridad meridiana, pero nos obsesionamos y “entramos al trapo” rápidamente. La solución que nos propone: tomar consciencia.

 La consciencia se obtiene viviendo el presente, dándonos tiempo para reflexionar y que se calmen los nervios y se apacigüe nuestra agitada mente. Paciencia… es duro, pero compensa. Cuando las tribulaciones  aparecen lo primero es identificarlas, acotarlas y esperar… no actuar sin pensar dejándonos llevar por ellas.

Razonemos: «si no tienen una base real… ¿por qué darle rienda suelta a nuestra fantasía?» Es una obsesión de nuestra imaginación.

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.

Las puertas del silencio (II)

Siguiendo con los comentarios al pequeño escrito cartujano Las puertas del silencio, hoy vemos el segundo capítulo: Evitar las discusiones interiores.

Bien es cierto, tal y como se apuntó en la primera entrada, que el escrito es una carta de bienvenida al joven novicio para que poco a poco se forme y traspase las duras barreras que conlleva la separación y el abandono voluntario “del mundo”.

Pero… ¿no es cierto que muchas veces nos sorprendemos a nosotros mismos inmersos en discusiones internas?  ¿no es cierto que “rumiamos” frases, conversaciones, pensamientos… que nos han afectado? Y no encontramos la forma de decir stop, tomar consciencia y separarnos de esas ideas para no fusionarnos con ellas.

Tomemos aire y perspectiva. Todo se volverá a su cauce si confiamos en Dios.

Dice el texto: “Observa, un solo día, el curso de tus pensamientos. Su sorpréndete frecuencia y la viveza de tus discusiones interiores con interlocutores imaginarios, te sorprenderán”. La vorágine de la vida nos empuja a marchas forzadas… hemos creado un sistema que nos exige conseguir resultados y objetivos cuantitativos; de tal manera que inmersos en el día a día hacemos las cosas de manera automática. Démonos un respiro, hagamos como dice este monje cartujo, tomemos un día consciencia de nosotros mismos  observándonos.

Superiores y hermanos, o jefes y compañeros, que de una u otra forma no congenian con nosotros o nos exigen tareas que hace que nos revelemos de forma interior para con nosotros mismos por considerar esas acciones injustas… “se erige un tribunal en nuestro interior, donde somos procurador, presidente, juez y jurado; raramente abogado, si no es para nuestra propia causa. […] uno se justifica, pero se condena al ausente”. ¿No os ha pasado nunca descubriros en esa situación de víctima?

Advierte este cartujo que en esas circunstancias se pueden elaborar planes de revancha o tretas vengativas, todo fuera del amor de Dios… por tanto ¿para qué sirven esos juicios prematuros, esos sobresaltos de amor propio, esa agitación personal que se paga con la pérdida de paz interior?

Piensa en Cristo bajo el ultraje, las injurias y la irrisión. Jesús callaba. Piensa en Él, pues sólo Él basta, que nada te turbe parafraseando a Santa Teresa.

 “Callaba”

Mateo 26, 23

 Dice como sabio mensaje: “Créeme: no discutas jamás con nadie, no sirve para nada. […] pasa la página apenas se inicie la controversia […] y a otra cosa: tu alma no es un forum, sino un santuario”. […] no se trata de tener razón, sino de embalsamar a tu alrededor con el perfume de tu amor [al prójimo]”.

Utilizando frases del texto, todas con gran sentido, podríamos concluir diciendo: Confía y no juzgues; doblega tu soberbia y olvida hacer el mal, pues nada bueno sale de esas intenciones. Sólo con Dios, Él lo sabe todo, Él lo puede todo, Él te ama… abandónate en Él y deja que todo amaine, y adelántate con vista cuanto la tempestad se levante, abstente de dialogar contigo mismo, sólo repite con dulzura: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.

Abísmate en el amor, la gloria, el gozo de las divinas Persona. Todo irá a mejor.

San Bruno

San Bruno

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.