Confiemos

Cartujo en oración

Cartujo en oración

Escribió un monje cartujo:

“El Padre nos ama y nos ama con un amor infinito. Lo propio del amor es aceptar sin explicación”

¡Qué difícil es todo esto en muchas ocasiones! Nos preguntamos sin aceptar lo que nos sobreviene: ¿por qué yo? ¿qué he hecho mal? Yo no merezco esto… Nos resistimos, empezamos un combate interno que nos desgasta, y así no nos demos cuenta de que el Padre así lo ha querido en su plan perfecto. Confiemos en Él, aprendamos del hermano pájaro que diría S. Francisco, pues ellos saben que dejará de llover, que mañana también encontrarán sus migas para comer o que tendrán cobijo sin cuestionarse el porqué de nada; sólo confían. El mismo monje de la Orden continuó escribiendo para que cada uno de nosotros repitamos:

“Yo tengo confianza en ti. No sé en qué consistirá el mañana, no sé en que consistirá el minuto próximo, pero sé que será tu amor quien lo habrá hecho y esto me basta”

Confiemos por tanto en el AMOR incondicional de Padre. Aceptemos lo que nos presenta a cada momento. Vivamos el presente conscientemente.

Notas de: Acoger a Cristo. Ed. Monte Carmelo.2009

La muerte de un cartujo

El pasado 13 de noviembre la Cartuja conmemoraba el día de los difuntos de la Orden. Mes que se inició con la festividad de todos los Santos y de los fieles difuntos.

“Creo en la comunión de los Santos” confesamos en el credo católico… para resumir que todos estamos llamados a ser santos; común-unión en Cristo Jesús formando en Él un único Cuerpo Místico. En Él, todos somos uno, y estamos llamados a llevar una vida santa en este tiempo de espera y de paso para alabarle y glorificarle.

La Cartuja dicen, hace pocos santos, o al menos no los proclama. Al igual que el monje cartujo se retiró del mundo en perpetuo recogimiento para alabar a Dios, así suele pasar a la vida Eterna, en silencio y viviendo en la otra vida como escogió en la terrenal: en silencio, de manera anónima para no caer en la vanidad que el ego produce (el yo hice, yo dije, yo sé, yo escribí… no tiene cabida en su vida, nada de placas conmemorativas. Sólo humildad).

Anónimas cruces recuerdan la vida cristiana y silenciosa de los monjes. FOTO: Juan Mayo Escudero

Anónimas cruces recuerdan la vida cristiana y silenciosa del monje cartujo en Porta Coeli. FOTO: Juan Mayo Escudero

Dice un cartujo:

 “La muerte, por el contrario, es una especie de sacramento que pondrá al monje en posesión de Dios […] jamás el cartujo considera la muerte como una tragedia [… pero e n cualquier caso la leyenda del «Morir tenemos», que presenta al cartujo obsesionado por la idea de la muerte, es absolutamente falsa.

 Conforme al sentir de la Iglesia, no esperamos a los últimos minutos para administrar la Unción de los enfermos. Lo hacemos cuando el monje entra en un cierto peligro por enfermedad o senectud. En el caso de un enfermo grave, el P. Prior, revestido de cogulla eclesiástica y estola morada, va a la celda del enfermo acompañado de algunos monjes. Preceden la cruz y el agua bendita. Ya en la celda, tiene lugar el acto penitencial, seguido de una lectura bíblica y de unas preces en forma de letanía. A continuación, el Prior y los sacerdotes presentes, desde su sitio, imponen, al mismo tiempo y en silencio, las manos al enfermo. Después de un salmo y una oración., todos cantan el Padre nuestro. Si el enfermo ha de comulgar lo hace entonces. Y mientras el enfermo siga en peligro de muerte, los monjes se van turnando de forma que, día y noche, el enfermo está acompañado. Así, entre los fervorosos rezos de sus hermanos, el cartujo se duerme en el Señor.

Cuando un cartujo muere su cuerpo es velado por el resto de monjes. A la postre es llevado a la iglesia para celebrar el entierro. El Prior, después de la misa, asperja el cadáver y la Comunidad canta los responsorios y preces establecidos en el ceremonial. Después en silencio es traslado por todos en comitiva, padres y hermanos, para darle sepultura en la tierra del claustro.

 Pulvis es et in pulverem reverteris

Polvo eres y en polvo te convertirás

Génesis 3,19

 El Prior bendice la fosa. La comunidad canta: «Esperamos al Salvador y Señor Jesucristo que reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso». El cuerpo del difunto es bajado cuidadosamente a la fosa y varios Hermanos comienzan a cubrirla con tierra. El Prior bendice por última vez la tumba ya cubierta y termina la ceremonia del entierro con una hermosa oración: «Ilumina, Señor, el alma de tu siervo, cuyo cuerpo descansa ahora en las sombras de la muerte».

Los cartujos son enterrados en el Claustro Grande, en donde se hallan las celdas de los padres cartujos para que éstos tengan siempre presente la fugacidad de la vida. Allí se encuentran las cruces de madera, silenciosas y mudas, como símbolo del cristiano allí enterrado. Se deposita el cuerpo del monje en la tierra, sin ataúd; tan sólo con un crucifijo en sus manos y la capucha puesta y cosida. Tal y como se ha velado horas antes.

“Sobre la sepultura queda una sencilla cruz sin nombre, como testigo de una vida que se fue gastando, día a día, en servicio del Señor”, explica un monje.

Entierro cartujo

Entierro cartujo

Acabado el rito toda la comunidad cartujana se reúne en capítulo y se recuerda brevemente quien fue este monje. Después votan sus hermanos para concederle, si es unánime 100% la votación (poco probable), una pequeña distinción si se considera la vida santa que el difunto ha gastado: que en la lista de difuntos enviada al Capítulo General, aparezca junto a su nombre dos solitarias palabras: «Laudabiliter vixit» (vivió loablemente / ejemplarmente). La alabanza, cuenta un cartujo, es difícil de conseguir pero no imposible, ya que los monjes cartujos son muy exigentes. Por tanto, introducir causa de beatificación y canonización es aún más difícil y por tal motivo en la Cartuja no suele ser una costumbre.

Las fotos han sido extraidas de la página Web de Juan Mayo Escudero,  investigador y buen conocedor de la Orden de la Cartuja: juanmayo.net

El texto basado en la obra de Diálogos en Miraflores

Reflexiones de un cartujo sobre la muerte: La danza de la muerte o La danza macabra

Escribió Jorge Manrique hacia 1476:

 Recuerde el alma dormida

avive el seso y despierte

contemplando

como se pasa la vida

como se viene la muerte,

tan callando;

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquier tiempo pasado,

fue mejor.

Eran las Coplas por la muerte de su padre, una elegía que recordaba a los humanos que la muerte llega… para todos. Ricos y pobres, poderos y humildes, ancianos y niños… todos serán tocados por el dedo de la muerte en algún momento, inesperado en muchos casos. A nadie se le perdona ese trance.

¡A morir venimos! Esta es una realidad inexorable. Los monjes  cartujos siempre lo han tenido claro, el tiempo que se pasa en este plano terrenal ha de servir para caminar hacia el Señor, para alcanzar su Gloria. Ellos no están tristes por la muerte. Es el paso a la eternidad, para estar bajo la Luz de Dios. Para alabadle junto a Él.

Vive pensando que el tiempo es fugad, estate atento, aprovéchalo.

Si pensamos con visión histórica, hacia la Edad Media, la muerte era algo diario y común en casi todas las familias y comunidad. La peste, el cólera, epidemias…  enfermedades que a todos alcanzan. El sentir popular pronto se hizo notar y apareció la famosa: Danza de la Muerte o Danza Macabra.

La sociedad primero las manifestó con coplas orales, luego con literatura y teatro, y finalmente con el arte… el cómo la muerte alcanza a todos con independencia de su estado, condición o posesión terrenal.

La representación más antiguas que se conoce, hoy desaparecida, databa de 1424; era una pintura mural en el cementerio de los Santos Inocentes de París. Allí se veía la muerte (esqueletos o cadáveres putrefactos) bailando con vivos de distintas clases o estamentos sociales, muchas veces se podía ver o notar el diálogo entre ambos.

El encuentro entre vivos y muertos era habitual. Los fallecidos advertían que cambiaran su modo de vida, tenían que dejar las malas costumbres y pecados. La muerte llegaría un día y los alcanzaría como antes les ocurrió a ellos.

La Danza macabra del cementerio de los Santos Inocentes de París, es una representación casi teatral. La muerte dialoga con vivos antes de llevárselos. El Papa, el emperador, el rey, el patriarca, el caballero, el escudero, el franciscano, el labrador, el niño… todos conversan con ella en algún momento. El cartujo también lo hace.

Numerosas son las publicaciones que han visto la luz sobre estos diálogos. Traemos aquí el ocurrido entre la Muerte y el monje cartujo después de haber hablado con el mercader:

La muerte

Andad, mercader, no dilatéis,
no me resistáis más.
Nada os queda por obtener.
Uníos también vos, cartujo,
hombre de abstinencia:
soportadla pacientemente,
lucíos en la danza,
no penséis en vivir más.
La muerte vence a cualquiera.

El cartujo

Tiempo atrás, para el mundo, yo ya he muerto;
he aquí el por qué mis deseos de vivir son menores
toda vez que los hombres temen a la muerte.
Cuando mi carne sea vencida
pido a Dios que mi alma liberada
vaya al cielo después de fenecer.
Esta vida es un vacío miserable.
Tal vive ahora el que mañana no vivirá más.

Grabado que representa a la muerte llevándose a un sargento (derecha) y a un cartujo (reconocido por la característica cogulla). La Danse macabre (París, 1486)

Grabado que representa a la muerte llevándose a un sargento (derecha) y a un cartujo (reconocido por la característica cogulla). La Danse macabre (París, 1486)

Para los que quieran leer una publicación entera, la biblioteca virtual Miguel de Cervantes nos facilita un facsímil de 1864. Es el original de La danza de la muerte en Poetas castellanos anteriores al siglo XV, colección hecha por Tomás Antonio Sánchez.

Leyendo el diálogo sólo me viene a la mente el poema de Santa Teresa Vivo sin vivir en mí, en el que anhela la muerte para llegar al Señor y alcanzar así la plenitud en la Paz y en la Gloria:

 ¡Ay, qué larga es esta vida!

¡Qué duros estos destierros,

esta cárcel, estos hierros

en que el alma está metida!

Sólo esperar la salida

me causa dolor tan fiero,

que muero porque no muero.

  La fugacidad de la vida siempre ha estado presente en la Historia de la humanidad. Tema importante en las meditaciones diarias: Memento mori decían los romanos, recuerda que morirás. Una vez me dijeron: “Medita en la eternidad y tus problemas se harán pequeños e insignificantes”. En la actualidad la frase romana se convirtiria en esta meditación: Si supieras que morirías mañana… ¿no vivirías lleno de bondad, amor y gratitud hacia el prójimo?

Danza macabra en la iglesia de San Nicolás en Tallin

Danza macabra en la iglesia de San Nicolás en Tallin