17 de noviembre: San Hugo de Lincoln (cartujo)

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Hoy la Orden Cartujana recuerda a Hugo de Avalon o Hugo de Borgoña, más conocido como San Hugo, obispo de Lincoln (+16 de noviembre, 1200). Ofrecemos a continuación ocho de las doce lecturas de las maitines de hoy. Es parte de la «Vida de San Hugo», escrita por Adam el Cartujo.

LECTURA 1ª

Ya en su profesión de clérigo regular había mostrado Hugo una madurez superior a su juventud. Todos lo hallaban consumado en las virtudes, pero él pensaba que ni siquiera había comenzado a llevar una vida digna y perfecta. Por eso, habiendo llegado a sus oídos la fama de santidad de los monjes cartujos, anhelaba con un insaciable deseo íntimo verse instruido por su ejemplo. En primer lugar, disimulando la vehemencia de este deseo, procuró obtener permiso para visitarlos y comprobar por sí mismo aquella reputación. Conseguido esto, en seguida se inflamó su corazón en tal ardiente amor de aquella vida espiritual, que de ningún modo podía reprimir en sí la llama de este incendio. Experimentaba en él la verdad de aquel adagio: “El fuego cubierto conserva más tiempo su calor”. En esta visita a la Gran Cartuja contempló admirado el lugar, su situación como por encima de las nubes, cerca del cielo y alejado por completo de las inquietudes del mundo.

LECTURA 2ª

Consideraba la gran oportunidad que allí se ofrecía para vacar exclusivamente a Dios, a lo cual ayudaría la abundancia de libros que tenían, el mucho tiempo disponible para leer y la inalterable quietud para la oración. Y así es, en verdad, por lo que respecta al monasterio. En cuanto a sus moradores, vio en ellos Hugo la mortificación de la carne, la serenidad de alma, la libertad de espíritu, la alegría de su rostro y la sencillez de su conversación. Supo que sus Estatutos recomendaban la soledad y no la singularidad; que separaban las celdas pero unían los espíritus. Cada uno habitaba solitario, sin hacer ni poseer nada como suyo. Todos vivían aislados, mas cada uno obraba comunitariamente: aislados, para evitar los impedimentos de la compañía; comunitariamente, para no privarse de la ayuda fraterna. Todo esto y otras cosas por el estilo notó allí Hugo, como, por ejemplo, la protección de la obediencia, cuya falta perdió a tantos eremitas. Aquella vida le agradaba, lo atraía, lo entusiasmaba.

LECTURA 3ª

Había por aquel tiempo –como siempre ha habido– en la Gran Cartuja monjes preclaros, tanto padres como hermanos, de una gravedad y santidad admirables, tenidos en gran reverencia por los mismos Sumos Pontífices y por los Prelados de las Iglesias. Y no era cosa fácil descubrir a quién de entre ellos se le podía juzgar más fervoroso, a quién más perfecto. Se guardaba allí tanto rigor en la mortificación corporal, y tanta discreción en el mismo, que observando el justo medio, nadie se hubiera contentado con hacer menos de lo que le permitían sus fuerzas, ni sobrepasar lo que las excedían. Así se lee, en efecto, en un documento del Papa reinante cuando fue canonizado nuestro Hugo: “La Orden Cartujana sobrepuja a las otras Órdenes en que puso moderación a la codicia”. Ahora bien, ¿qué vida pensamos llevó y qué progresos hizo Hugo en la Cartuja donde echó raíces –por así decirlo– ya desde los primeros meses; donde su deseo de aprender –con los libros, los maestros, su preclaro ingenio y con tanto tiempo a propósito– pudo ser secundado y aumentado por una ayuda fraterna casi constante? Para quien encontraba siempre corto el tiempo diurno y nocturno para la fervorosa lectura, meditación, oración, ninguna otra cosa le obstaculizaba su empeño en aprovechar como la brevedad del tiempo.

LECTURA 4ª

Cuando ya Hugo había pasado unos diez años en aquel nido de quietud, muerto por completo al mundo, estando en condiciones óptimas para volar, por la solidez de su plumaje y de sus alas, su Prior le encomendó la Procura de toda la Casa, a pesar de la resistencia de Hugo a aceptarla. Gobernaba, pues, con diligencia la familia de hermanos que le había sido encomendada, los instruía solícitamente, teniendo presente el consejo del santo Honorato de Arlés, que con frecuencia repetía y mucho alababa: “Sacudir a los tibios, moderar a los fervorosos”. De esta suerte, el Señor bendijo el monasterio, enriqueciéndolo en toda clase de bienes. Aunque sin experiencia de los negocios temporales, ¿quién pidió consejo a Hugo que no recibiese una respuesta que dejaba admirados hasta a los seglares entendidos? Y ¿a quién instruyó en cosas temporales sin tomar pie de ellas para elevarlo a las eternas?

LECTURA 5ª

Cuando los representantes del Rey de Inglaterra vinieron a la Gran Cartuja para conducir a Hugo a Witham, como Prior de aquella Cartuja, todos los monjes terminaron por rendirse a los ruegos y las razones de los comisionados. En cuanto a Hugo, instado por todos para que asintiera y no teniendo a otro a quien acudir, confió la decisión al Prior; sabía bien que difícilmente o en modo alguno se lo impondría aquel que lo amaba como a su propia alma. El Prior, intimado por los consejos de su Obispo y por los ruegos enternecidos de todos los presentes, dicen que respondió así: “Vive el Señor, que nunca saldrá de mi boca una palabra ordenando a Hugo abandonarme en mi senectud y privar a la Gran Cartuja de su dulcísima y tan necesaria presencia”. Pero al fin, abrumado por la gravosa importunidad de todos, y no sabiendo qué camino tomar, vuelto al Obispo de Grenoble, le dijo: “Yo, por mi parte, confirmo lo dicho: Hugo nunca será apartado de mí por mandato o deseo mío. Vos, que sois nuestro Obispo, nuestro padre y hermano, vos veréis: si vos se lo ordenáis, si se lo imponéis, yo no lo contradigo ni resisto”.

LECTURA 6ª

Después de recibir la dignidad episcopal, siempre que acudía de aquellas lejanas regiones a su amada soledad de la Cartuja, en cuanto se iba acercando a ella solía revestirse de un cierto esplendor desacostumbrado, su rostro tomaba un color sonrosado, y también en su interior –como se lo confesaba muchas veces a sus familiares– se sentía inundado de un inefable gozo espiritual. Y, ya en el monasterio, sentía tal efusión de gracia en todos sus sentidos, que parecía renovarse interior y exteriormente su juventud, como la del águila. Despojándose allí de la capa episcopal que usaba en público, se cubría con un pellico de carnero; sobre sus carnes llevaba el cilicio. Su lecho lo componía una manta, una almohada y unas pieles.

LECTURA 7ª

En el Concilio Oxoniense, Hugo se opuso a la petición de ayuda que solicitaba el rey Ricardo. “Sé, ciertamente –dijo–, que la Iglesia de Lincoln está sujeta al servicio militar del rey, pero solamente dentro de la nación; fuera de los límites de Inglaterra, no está obligada a nada”. Transmitido este informe al rey hasta tres veces por los mensajeros del Arzobispo, montó en cólera y mandó confiscar cuanto antes todos los bienes de Hugo. Pero nadie se atrevió a poner las manos en las cosas y propiedades del Obispo de Lincoln, temiendo causarle esta ofensa, pues tenían tanto horror a incurrir en su anatema como a sufrir la pena capital. En momento oportuno, Hugo se presentó al rey, y con breves pero enérgicas razones le pidió satisfacción por la inmerecida indignación que contra él había manifestado, haciéndole ver con evidencia que ninguna falta había cometido contra Su Majestad. El rey, no teniendo nada que oponer a estas razones, volviéndose a los suyos encomió la valentía de Hugo, y dijo: “En verdad que si todos los Obispos fueran como éste, no habría rey ni príncipe que se atreviese a levantar la cabeza contra ellos”.

LECTURA 8ª

En un viaje que hubo de hacer por Francia, visitó Hugo cuatro monasterios cartujanos: la Gran Cartuja, Alveria, Jovinio y Valle de San Pedro. Al de Alveria, que estaba muy retirado de nuestro itinerario y era de difícil acceso por lo montañoso de los lugares, acudió por un motivo especial. Hacía tiempo que un Prior de esta Casa había sido nombrado Obispo de Belley; habiendo dejado ya la carga pastoral, volvió a su Cartuja como simple monje, con el fin de ocuparse más libremente en sus deseos del Cielo. Este monje hacía tiempo que deseaba ardientemente reconfortarse con la vista y conversación de nuestro Obispo Hugo, y así se lo había manifestado muchas veces por intermediarios. Era este bendito varón de edad avanzada, y suspiraba por que el ocaso de esta luz terrena le abriese el ingreso en el día interminable. Aunque distinto en edad, no eran distintos esos sentimientos de los de nuestro Obispo Hugo, pues sentía un gran hastío de las cosas caducas, las cuales había menospreciado siempre, ya desde sus tiernos años. Logrado el encuentro deseado por ambos, se abrieron mutuamente los corazones, quedando los dos más ennoblecidos, cada uno con el fulgor de la santidad del otro, sin reparar en la propia.

Oración:
Oh Dios, que colmaste a tu obispo
San Hugo de eminentes méritos y del
don de milagros; concédenos, por tu
bondad, ser alentados con sus ejemplos
e iluminados con sus virtudes.
Por Cristo, Nuestro Señor. Amén

Fuente: Lecturas de Maitines – Ciclo C – 17 de noviembre – Lecturas 1 a 8 (Cartuja San José 2020)

Pinturas:

  • Retablo de Thuison-les-Abbeville: San Hugo de Lincoln (fecha: 1490/1500)
  • Aparición de ángeles músicos a San Hugo de Lincoln (Vicente Carducho)

Cartuja dedicada a San Hugo (Reino Unido)
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Un tiempo para morir (extracto)

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El calendario cartujano conmemora hoy a los difuntos de la Orden. Es por eso que hoy compartimos este extracto del capítulo 8 del libro «Un tiempo para morir» (Nicolas Diat 2018).

Los cartujos no tienen miedo de dejar este mundo. El cementerio de la Gran Cartuja está en medio del gran claustro. Todos los días, desde el noviciado, los padres caminan junto al recinto para llegar a la iglesia.

Cuando muere un cartujo, toda la comunidad se reúne en la celda del difunto para el traslado del cuerpo, el cual es conducido en procesión hasta la iglesia. En el coro, en medio de la sillería, el difunto ya no está solo. Junto al cuerpo depositado en el suelo, los monjes rezan por él.

Los propios cartujos cavan las tumbas que acogen los cuerpos de los suyos. El difunto se sujeta a una simple tabla que se hunde en el suelo arcilloso. El cementerio no es grande; regularmente, los monjes tienen que vaciar a mano las viejas tumbas para hacer sitio. Los cráneos y los huesos se apartan primero antes de volver a colocarlos en la tumba al mismo tiempo que el nuevo cuerpo.

Tradicionalmente, el último novicio que entra en el monasterio sostiene la cruz procesional, colocada al pie de la tumba. Es él quien ve con mayor claridad el cuerpo de su hermano mayor y la capucha colocada sobre el rostro.

Según las directrices de Guigo, quinto prior de la Gran Cartuja y legislador de la Orden, que redactó los «Estatutos de los Cartujos» a principios del siglo XII, la cabeza del difunto debe estar orientada hacia la iglesia conventual. El joven monje observa a los cuatro cartujos designados por el prior para echar las paladas de tierra, a veces de piedras, para cerrar la tumba. Escucha el sonido sordo de los terrones que caen sobre el cuerpo. El verbo «enterrar» adquiere todo su significado. La comunidad espera hasta que se llene la tumba.

Desde la fundación de la Orden, los días de funeral se consideran momentos de celebración. Los cartujos comen, como excepción, en el refectorio (usualmente acuden aquí los domingos y para las solemnidades). Si los funerales caen en un día de ayuno, no se observará. Por la noche, también tendrán una comida completa en su celda.

Después del entierro, la comunidad se reúne en la sala capitular. El prior pronuncia un sermón y recuerda la vida del difunto. En general, durante la recreación que sigue al funeral, los cartujos hablan del hermano que acaba de morir.

Pueden entrar en la capilla de los muertos para reflexionar cerca de los huesos de los primeros cartujos de los siglos XI y XII. A pocos pasos de las celdas, los compañeros de Bruno duermen en este triste y sombrío oratorio. Sus antiguos cráneos descansan bajo el altar mayor. Los días de excursión, los cartujos acuden a este lugar para rezar antes de salir a escalar los senderos de la montaña.

En el cementerio no hay nombres en las tumbas. A un lado, unas finas cruces de madera negra señalan las tumbas de los padres y hermanos laicos. En el otro lado, las cruces de piedra están reservadas para la última morada terrenal de los priores. Los cartujos optan por desaparecer de los ojos del mundo y luego de sus propios hermanos. A menudo, son incapaces de encontrar la tumba precisa de un monje en el cementerio. Los ermitaños mueren sin dejar rastro. El olvido sigue inmediatamente a la muerte.

En el siglo XIX, los monjes hicieron un descubrimiento sorprendente. Mientras cavaban una tumba, junto a las más antiguas, dieron con un cadáver perfectamente conservado. Su conservación, tras décadas bajo tierra, era un milagro. Los monjes corrieron hacia el Reverendo Padre. Su respuesta fue definitiva: «Cierra la tumba, cava al lado y no se lo digas a nadie». Del mismo modo, a mediados del siglo XVII, en el cementerio de la antigua Cartuja de París, en el lugar del actual jardín de Luxemburgo, los milagros se multiplicaban sobre la tumba de un hermano laico que había muerto en olor de santidad. Dom Innocent cuenta que el prior acudió al lugar para dirigirse al difunto: «En nombre de la santa obediencia, te prohíbo hacer milagros». Los fenómenos extraordinarios cesaron inmediatamente.

Pintura: La observancia cartujana más allá de la muerte (por Vicente Carducho)

13 de noviembre: Todos los santos de la Cartuja

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A continuación ofrecemos cuatro de las doce lecturas de maitines de hoy. Es parte de una carta del cartujo Bernardo de Portes a Raynaud el recluso.

Cristo llevando la cruz seguido por los cartujos (Ambrogio Bergognone – siglo XV)

Acuérdate que te hace falta aplicarte sin descanso a la oración; vela para dedicarle el mayor cuidado. Ninguna preocupación debe jamás apartarte de ella, ni siquiera el peso de alguna enfermedad. No ruegues solamente por tu salud, sino por todos aquellos fieles vivos, difuntos o llamados a vivir, especialmente por aquellos de los cuales tú recibes ayuda, y, al mismo tiempo, por nosotros. Entonces, confiando en la ayuda del Espíritu Santo que, según la palabra del Señor, enseña a los santos a orar con gemidos inefables, entra en el santuario de tu corazón, cierra la puerta a las vanidades y a los pensamientos impuros, con los cuales el enemigo intenta invadirte, y ora a tu Padre en secreto. En todo tiempo, según tus posibilidades y la gracia del Señor, pero sobre todo en estos momentos, guarda tu corazón con extremo cuidado.


Un verdadero amor y una fe ferviente en la cruz de Cristo vuelven vanas todas las maquinaciones del enemigo. Y la oración acompañada de lágrimas vence y echa fuera todo género de tentación. Tales son las armas y los combates espirituales de la lucha que tú sostienes en presencia del Rey, cuyo servicio tú acabas de abrazar. Sabe que tú has encerrado tu cuerpo y que lo has liberado de las preocupaciones exteriores, con el fin de que tu corazón pueda vacar libremente a ella. Pasarás por grande a los ojos de los hombres, porque te dirán «recluso», pero no podrás ser grande ante Dios si no realizas todo esto con el mayor celo y la mayor vigilancia. Los hombres, en efecto, no prestan atención sino a lo exterior; pero el Altísimo juzgará las disposiciones interiores. Y si tú te encuentras a veces incapaz de cumplir este programa de vida, confiesa humildemente delante de Dios tu falta de devoción y tu imperfección, pide ardientemente y con piedad el socorro de la gracia de aquél que dice: “Sin mí no podéis hacer nada”.

Las sagradas Escrituras te enseñarán continuamente que la humildad es la guardiana de todas las virtudes, y que toda virtud, sin ella, está desprovista de todo apoyo: mucho más, es ya ella misma una virtud. Cuando tú te entregues al ayuno, a la oración, a la salmodia, no faltarán enemigos invisibles para aplaudirte y gritar: “Bravo, bravo, ¿quién se parece a ti? ¿Quién sabe agradar a Dios hasta tal punto? ¡Oh, si los hombres conocieran tu santidad!” Pero tú, responde en seguida en tu corazón a estos enemigos, recurriendo a las palabras del profeta: «Estremézcanse de ignominia los que me gritan: “¡Ea, ea!”» Y añade: “yo soy pobre y menesteroso”. Pues es enteramente verdad, que serás siempre menesteroso y pobre, cualesquiera que sean con el tiempo tus progresos en la virtud, y no podrás obtener una plena victoria sobre el enemigo invisible, hasta el día en que alcances a Aquel a quien tú dices: “Tú me llenarás de alegría ante ti”, y “al despertar, me saciaré de tu imagen”.


Si acontece que un hombre te alaba en tu presencia, no creas estas palabras de un extraño más que al testimonio de tu propia conciencia, y acuérdate de la escritura que dice: “Aquellos que te declaran bienaventurado, te engañan”. Para no enorgullecerte en ti mismo por tus progresos, recuerda lo que dice el apóstol: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te envaneces como si no lo hubieras recibido?” Para alejar el deseo del favor humano, escucha al Señor que dice: “Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean; de otra manera no tendréis recompensa ante vuestro Padre, que está en los cielos”. Él declara también de aquellos que obran de tal modo: “En verdad os digo que ya recibieron su recompensa”. No creas, no obstante, que sea un mal ser alabado por los hombres, si el halago no es la causa; puesto que está escrito, por el contrario: “Por causa vuestra es blasfemado entre los gentiles el nombre de Dios”. Pero lo que es un mal, es ansiar la alabanza o amarla.

Fuente: Lecturas de maitines – Ciclo A – 13 de noviembre, lecturas 9 a 12 – Cartuja San José 2020