Corpus Christi desde la Cartuja de Scala Coeli en Évora

 

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       Pange, lingua, gloriosi     
    Córporis mystérium
    Sanguinísque pretiósi,
    Quem in mundi prétium
    Fructus ventris generósi
    Rex effúdit géntium.
—–
Canta, oh lengua,
el misterio del Cuerpo glorioso
y de la Sangre preciosa
que el Rey de las naciones
Fruto de un vientre generoso
derramó en rescate del mundo.

(Sto. Tomás de Aquino 1225-1274)

Desde el siglo XIII se ha venido celebrando la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo para proclamar y aumentar la fe de los católicos en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.

Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar,
la Pura y Limpia Concepción de María Santísima,
concebida sin mancha del pecado original.

Los cartujos, desde la soledad a la que un día fueron llamados, celebran tan señalada fecha intramuros; desde el silencio, la austeridad y el recomiento. Luiz Carvalho gravó el 6   de junio de 2007 en la cartuja de santa María de Scala Coeli en Évora (Portugal) la celebración del Corpus Christi y la posterior procesión por los centenarios claustros monacales.

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Aceptar al Espíritu, a uno mismo y al semejante

San Bruno

San Bruno

 

Escribió un monje cartujo:

«Pero si yo quiero ser acogedor respecto al Espíritu, en primer lugar es preciso que me ponga a la escucha de todos los que me rodean, ser realmente acogedor en la vida concreta: con aquel que viene a hablarme de sus historias, con aquel que me juega una mala pasada sin darse cuenta, con el que me cansa, con el que me molesta. E incluso con aquel al que espontáneamente amo mucho debo ser acogedor, es decir, no debo ser posesivo y devorarlo; al contrario, debo acogerlo tal como es, de manera que, después de haber sido acogido por mí, él sea aún más él mismo, que yo le haya ayudado a recibirte a ti, Jesús. Si quiero ser realmente ser acogedor de todo lo que viene del Padre, tengo que acoger a todos los hombres que tú me envías y, además, acoger todo lo que me das en la realidad que me rodea: las cosas bonitas y las menos bonitas, todo lo que afecta a mis sentidos […] Porque eres tú el principio y la raíz de todos estos seres, yo tengo que ser con ellos infinitamente acogedor. Finalmente es necesario que yo me acoja a mí mismo. Este ser, cuerpo y espíritu, que soy yo, no me pertenece o, mejor dicho, si me pertenece es porque el Padre me lo ha dado».

 

Por un monje cartujo: Acoger a Cristo. Burgos: Monte Carmelo, 2009.

Pensamientos de N. P. Guigo (1136)

Imagen de San Bruno (1634), destinada para la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla. Juan Martínez Montañés

Imagen de San Bruno (1634), destinada para la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla. Juan Martínez Montañés

“Quien no ama lo perecedero, no tiene dónde lo hiera ningún enemigo poderoso. Y
si su amor a lo eterno es tal cual debe ser, entonces es invencible y eterno.

Si alguien te arrancase los cabellos, no te haría daño ninguno, si no estuviesen
éstos adheridos al cráneo. Así también, nadie te herirá lo más mínimo, sino cuando
toque lo que ha echado raíces en ti por un desordenado afecto.
Y cuantas más sean estas cosas y más hondas sus raíces, mayores también y más
profundos serán los dolores que causan.

O arrancas de raíz tu desordenado afecto a los bienes sensibles, o dispónte a
turbarte, temer y angustiarte, cuando no hay de qué.

El alma humana es atormentada, y con razón, siempre que ella se meta entre
espinas, es decir, siempre que ame algo fuera del Señor. Poseer a Dios, es posesión
segura; no se lo puede perder, mientras no se aparte de Él nuestra voluntad. Nada, por
tanto, nos daña más que nuestras afecciones desordenadas.

De cuántas aficiones, causa quizá de tu perdición, te libró la verdad: el Señor. De
cuántas tristezas temores y aflicciones. Lo mismo de los odios.”

Dom GUIGO I (1083-1137)

Apud PENSAMIENTOS DE N. P. GUIGO (Cap. VI)

Las puertas del silencio (IV)

Siguiendo con este tratado cartujano de Las puertas del silencio escrito en 1970, vemos hoy la última parte. Está orientado, como hemos ido indicando, para el joven novicio que debe ir desarmando corazón y mente para desprenderse del “hombre viejo”.

 La primera frase de hoy impone: «No le hables a ti mismo de ti mismo». Reflexionemos una vez más… ¿cuántas veces nos hemos descubierto discutiendo o enzarzados en conversaciones con nosotros mismos? Para no caer en la vanidad… «no pienses en ti, para bien, ni para mal».

 Tres cosas turban la mente del ser humano, tres cosas a evitar o al menos tenerlas controladas y localizadas en el momento que aparecen:

 –No criticar las dificultades de la vida.  Dice l escritor cartujo: «La vida es un combate, ¿no lo sabes ya?». Y bien es verdad que cada uno tenemos nuestra propia cruz, que hay que tomar para seguir a Cristo. Aceptación.

 –No sopeses tus penas ni tus sacrificios. ¿Qué es eso de ir de víctima? No te compadezcas de ti mismo: Dios ama al que da con alegría.

 –No tengas “coquetería” de tu alma. No te aflijas por tus impotencias, haz en todo momento la voluntad de Dios, con las fuerzas y gracias del momento presente, ya que como dice el autor no se te pide más. Esfuérzate sin mirar a tu alrededor, da hasta lo que puedas ofrecer… y no te compares con nadie pues eso te hará daño. Hay “santos” de todas las tallas.

San Bruno

San Bruno

Termina diciendo: «Y vive en paz bajo las alas protectoras del Dios que te ama».

 «El Señor es mi Pastor, nada me falta»

Salmo XXII

 Déjate en los brazos de Padre. Abandónate. Dice este monje: «Cada noche te dormirás murmurando: “Ten confianza ¡no te ocurrirá nada malo!”». Estoy seguro que si confiáramos más todo iría mejor.

 CONCLUSIÓN

 Sólo copiaré una frase del colofón, pues cada una de ellas en todo el escrito es una pequeña joya para meditar: «Por la gracia de Dios, observa estas cosas con toda paciencia y fidelidad. La paz descenderá a tu alma; el silencio la envolverá.»

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.

Las puertas del silencio (III)

La tercera fase que nos muestra el autor cartujo de Las Puerta del Silencio es cómo combatir las obsesiones interiores.

 Se trata de una tarea difícil ya que nuestra cabeza nos puede jugar malas pasadas muchas veces.. nos obsesionamos, le empezamos a dar vuelta a una cosa, nos fusionamos con esos pensamientos negativos y no vemos la manera se separarnos para no sufrir.

 Pensamientos, ideas, comentarios, dudas, miedos… llegan a nuestra mente racional y se imponen como una algarabía a la que no puedes controlar; quieren nuestra atención, hecho que nos hace sombra en el orden del espíritu.

 Hay dos tipos de obsesiones según este cartujo: la que no tienen fundamento real  la que sí que tiene.

 De base real, que realmente exista y tú lo vivas como victima, es decir que estés obsesionando con una enfermedad, con un dolor, con el menosprecio de alguien, por ser perseguido de algún modo…

 El cartujo nos recuerda que Cristo sufrió mil agravios más… que este tipo de persecución es una prueba, pues la «la Providencia talla, burila, pule, martillea las almas sirviéndose de los que le rodean». Seamos agradecidos y digamos: ¡Gran regalo de Dios!

 Piensa en el amor al prójimo, en tu fe, en la compasión… y olvídate de esos elementos perturbadores… ofrécete como victima y déjate caer en los brazos de Cristo.

San Bruno

San Bruno

¡El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga!

Mt. 16, 24

 Por otro lado, nos dice este monje, que puede que tu obsesión no tenga un fundamento real. Hay días que vemos las cosas con una claridad meridiana, pero nos obsesionamos y “entramos al trapo” rápidamente. La solución que nos propone: tomar consciencia.

 La consciencia se obtiene viviendo el presente, dándonos tiempo para reflexionar y que se calmen los nervios y se apacigüe nuestra agitada mente. Paciencia… es duro, pero compensa. Cuando las tribulaciones  aparecen lo primero es identificarlas, acotarlas y esperar… no actuar sin pensar dejándonos llevar por ellas.

Razonemos: «si no tienen una base real… ¿por qué darle rienda suelta a nuestra fantasía?» Es una obsesión de nuestra imaginación.

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.

Las puertas del silencio (II)

Siguiendo con los comentarios al pequeño escrito cartujano Las puertas del silencio, hoy vemos el segundo capítulo: Evitar las discusiones interiores.

Bien es cierto, tal y como se apuntó en la primera entrada, que el escrito es una carta de bienvenida al joven novicio para que poco a poco se forme y traspase las duras barreras que conlleva la separación y el abandono voluntario “del mundo”.

Pero… ¿no es cierto que muchas veces nos sorprendemos a nosotros mismos inmersos en discusiones internas?  ¿no es cierto que “rumiamos” frases, conversaciones, pensamientos… que nos han afectado? Y no encontramos la forma de decir stop, tomar consciencia y separarnos de esas ideas para no fusionarnos con ellas.

Tomemos aire y perspectiva. Todo se volverá a su cauce si confiamos en Dios.

Dice el texto: “Observa, un solo día, el curso de tus pensamientos. Su sorpréndete frecuencia y la viveza de tus discusiones interiores con interlocutores imaginarios, te sorprenderán”. La vorágine de la vida nos empuja a marchas forzadas… hemos creado un sistema que nos exige conseguir resultados y objetivos cuantitativos; de tal manera que inmersos en el día a día hacemos las cosas de manera automática. Démonos un respiro, hagamos como dice este monje cartujo, tomemos un día consciencia de nosotros mismos  observándonos.

Superiores y hermanos, o jefes y compañeros, que de una u otra forma no congenian con nosotros o nos exigen tareas que hace que nos revelemos de forma interior para con nosotros mismos por considerar esas acciones injustas… “se erige un tribunal en nuestro interior, donde somos procurador, presidente, juez y jurado; raramente abogado, si no es para nuestra propia causa. […] uno se justifica, pero se condena al ausente”. ¿No os ha pasado nunca descubriros en esa situación de víctima?

Advierte este cartujo que en esas circunstancias se pueden elaborar planes de revancha o tretas vengativas, todo fuera del amor de Dios… por tanto ¿para qué sirven esos juicios prematuros, esos sobresaltos de amor propio, esa agitación personal que se paga con la pérdida de paz interior?

Piensa en Cristo bajo el ultraje, las injurias y la irrisión. Jesús callaba. Piensa en Él, pues sólo Él basta, que nada te turbe parafraseando a Santa Teresa.

 “Callaba”

Mateo 26, 23

 Dice como sabio mensaje: “Créeme: no discutas jamás con nadie, no sirve para nada. […] pasa la página apenas se inicie la controversia […] y a otra cosa: tu alma no es un forum, sino un santuario”. […] no se trata de tener razón, sino de embalsamar a tu alrededor con el perfume de tu amor [al prójimo]”.

Utilizando frases del texto, todas con gran sentido, podríamos concluir diciendo: Confía y no juzgues; doblega tu soberbia y olvida hacer el mal, pues nada bueno sale de esas intenciones. Sólo con Dios, Él lo sabe todo, Él lo puede todo, Él te ama… abandónate en Él y deja que todo amaine, y adelántate con vista cuanto la tempestad se levante, abstente de dialogar contigo mismo, sólo repite con dulzura: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.

Abísmate en el amor, la gloria, el gozo de las divinas Persona. Todo irá a mejor.

San Bruno

San Bruno

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.

Las puertas del silencio (I)

Durante las próximas cuatro semanas analizaremos brevemente la obra Las puertas del silencio. Obra anónima escrita por un monje cartujo y publicada en Ginebra (Suiza) en el año 1970. La traducción al castellano la hizo otro monje anónimo de la cartuja valenciana de Porta Coeli en 2002.

El autor cartujo, fiel a la tradición de la Orden, no pretende dirigir de manera espiritual a nadie extramuros de su cartuja, su intención principal es ayudar a los novicios en sus primeros pasos como monjes cartujos; pero bien es cierto que los laicos podemos aprender una gran enseñanza de este breve y sencillo texto.

La introducción, dirigida al alma, insta que la obra sólo será de provecho a aquella persona que de manera consciente quiere olvidar el mundo y abandonarse en el Señor: “A ti sola, alma bienaventurada a quien el Señor atrae al desierto para hablarte al corazón. A ti sola, que lo has acogido como Único”.

Cuatro son los apartados que propone para franquear las puertas del silencio, que si los observas “con exacta obediencia y una prefecta caridad” habrás superado los mayores obstáculos.

El primero que se analiza esta semana, posiblemente el más difícil y complejo:

 SOFOCAR LOS RUIDOS INTERIORES

San Bruno

San Bruno

¡Qué difícil es a veces encontrar la paz dentro de uno mismo! Nuestra mente siempre está “operativa” con un vaivén continuo de recuerdos y pensamientos (buenos o malos) que suscitan emociones, muchas de ellas terminan desequilibrando el alma que busca la calma.

Tres son los generadores de ese ruido: los recuerdos, la curiosidad y las inquietudes.

No recuerdes, no reavives ningún “mal recuerdo”. El mal arrepentido está perdonado”. La generosidad del amor presente repara el pasado. Olvida acciones concretas” dice el monje cartujo. ¿De qué nos sirve darle vueltas a un asunto pasado? ¿Para qué hacernos “mala sangre” reabriendo heridas y recuerdos innecesariamente? El Pasado ya pasó… déjalo ir, ya no va contigo. Suéltalo. Perdónalo sin rencor.

Evita la nostalgia y el daño a tu alma viendo fotos o cosas que sabes que en el fondo “te remueven tu interior” y no te ayudan a serenarte.

Ahora que tan de moda están las redes sociales… ¿Cuántas veces nos obcecamos en “saber” simplemente por curiosidad para luego murmurar o criticar, o dar opiniones banales de lo que vemos? Muchas veces hacemos juicios de valor innecesarios sin saber qué es lo que realmente pasa.

Tu memoria es un terrible acumulador; almacena tesoros de futuras distracciones”. Pon tu mente en blanco, sosiega tu mente, respira profundamente y céntrate en Dios que todo lo puede.

Después de callar esos ruidos, céntrate en reprimir la curiosidad. El autor cartujo no lo dice así, pero creo que todos me comprenderéis con la frase: “la curiosidad mató al gato”. ¿No os ha pasado que cuando os enteráis de noticias nuevas ya sea por la televisión ya por algún comentario, vuestro corazón se agita y vuestros sentimientos se fusionan? La solución es tomar consciencia, detenerse y separase de esos sentimientos dañinos, no entréis en el juego de la crítica… no os recreéis en eso. “Ignora de corazón lo que pasa en el mundo: reza por él”.

“Si no te comunican noticia de nada, ni de nadie, no la pidas, ¡gran suerte es esa! […] rehúsa tú prestar atención a lo pasajero”. Analiza si de verdad es interesante y necesaria esa información… acalla ese ruido que te lo pide… pregúntate: ¿puedo pasar sin ella? ¿la necesito?

Escribe el autor: “Sé feliz al ignorar lo que pasa en los trabajos; cómo se administran; cuáles son las relaciones de cada uno. Ama a todos tus hermanos con un amor igual, desprendido. No te informes, pues, de los acontecimientos insólitos de la Comunidad: ¿Quién viene? ¿quién pasa?…”

 Si  no estás encargado de los otros, no te informes de sus comportamientos; no hagas reflexiones interiores al respecto, sobre todo a lo concierne a sus defectos  faltas”… ¿cuántas veces intentamos saciar nuestra curiosidad preguntando sobre nuestro compañero? Detente, respira y medita… ¿es necesario? ¿soluciono algo?

Finalmente, el autor termina este primer capítulo diciendo que cerremos las puertas a las inquietudes. “Tengas lo que tengas que hacer, sean cuales sean tus responsabilidades materiales o espirituales, no enmarañes tu alma, y no permitas jamás que la inquietud te turbe!

 Todo ocurre porque Él quiere; nada se hace que Él no lo permita.

¿Por qué angustiarse con banas preocupaciones?

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.