El Papa Benedicto XVI en la Cartuja de San Bruno (2011)

El Papa emérito Benedicto XVI visitó en 2011 la Cartuja de San Bruno, al sur de Italia, en la región de Calabria. Fue en aquella cartuja en donde San Bruno, padre fundador de la Orden, murió.

Benedicto XVI saludó a la cartuja durante su visita pastoral a Lamezia Terme y Serra San Bruno. El día 9 de octubre pronunció una homilía durante el rezo de vísperas que a continuación transcribimos, en ella habla de la espiritualidad monástica tal y como San Bruno la concedió: «“Fugitiva relinquere et aeterna captare” (Abandonar las realidades pasajeras e intentar aferrar lo eterno), tal y como se expresaba San Bruno en una carta al Preboste de Reims, Rodolfo». Dijo así:

El Papa Benedicto XVI en la cartuja de San Bruno (Calabria)

El Papa Benedicto XVI en la cartuja de San Bruno (Calabria)

Venerados Hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos cartujos,
hermanos y hermanas,

Doy gracias al Señor que me ha traido a este lugar de fe y de oración, la Cartuja de Serra San Bruno. Al renovar mi saludo reconocido a monseñor Vincenzo Bertolone, arzobispo de Catanzaro-Squillace, me dirijo con gran afecto a esta comunidad cartuja, a cada uno de sus miembros, a partir del Prior, padre Jacques Dupont, a quien doy las gracias de corazón por sus palabras, pidiéndole que haga llegar mi pensamiento grato y bendiciente al Ministro General y a las Monjas de la Orden.

Quisiera ante todo subrayar que esta visita mía se pone en continuidad con algunos signos de fuerte comunión entre la Sede Apostólica y la Orden Cartuja, que han tenido lugar durante el siglo pasado. En 1924 el Papa Pío XI emanó una Constitución Apostólica con la que aprobó los Estatutos de la Orden, revisados a la luz del Código de Derecho Canónico. En mayo de 1984, el beato Juan Pablo II dirigió al Ministro General una Carta especial, con ocasión del noveno centenario de la fundación por parte de san Bruno de la primera comunidad en la Chartreuse, cerca de Grenoble. El 5 de octubre de ese mismo año, mi amado Predecesor vino aquí, y el recuerdo de su paso entre estos muros está aún vivo. En la estela de estos acontecimiento pasados, pero siempre actuales, vengo hoy a vosotros, y quisiera que este encuentro nuestro pusiera de relieve un vínculo profundo que existe entre Pedro y Bruno, entre el servicio pastoral a la unidad de la Iglesia y la vocación contemplativa en la Iglesia. La comunión eclesial de hecho necesita una fuerza interior, esa fuerza que hace poco el padre prior recordaba citando la expresión “captus ab Uno”, referida a san Bruno: “aferrado por el Uno”, por Dios, “Unus potens per omnia“, como hemos cantado en el himno de las Vísperas. El ministerio de los pastores toma de las comunidades contemplativas una linfa espiritual que viene de Dios.

Fugitiva relinquere et aeterna captare“: abandonar las realidades fugitivas e intentar aferrar lo eterno. En esta expresión de la carta que vuestro Fundador dirigió al Preboste de Reims, Rodolfo, se encierra el núcleo de vuestra espiritualidad (cfr Carta a Rodolfo, 13): el fuerte deseo de entrar en unión de vida con Dios, abandonando todo lo demás, todo aquello que impide esta comunión y dejándose aferrar por el inmenso amor de Dios para vivir sólo de este amor. Queridos hermanos, vosotros habéis encontrado el tesoro escondido, la perla de gran valor (cfr Mt 13,44-46); habéis respondido con radicalidad a la invitación de Jesús: “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mt 19,21). Todo monasterio – masculino o femenino – es un oasis en el que, con la oración y la meditación, se excava incesantemente el pozo profundo del que tomar el “agua viva” para nuestra sed más profunda. Pero la Cartuja es un oasis especial, donde el silencio y la soledad son custodiados con particular cuidado, según la forma de vida iniciada por san Bruno y que ha permanecido sin cambios en el curso de los siglos. “Habito en el desierto con los hermanos”, es la frase sintética que escribía vuestro Fundador (Carta a Rodolfo, 4). La visita del Sucesor de Pedro a esta histórica Cartuja pretende confirmar no sólo a vosotros, que vivís aquí, sino a toda la Orden en su misión, de lo más actual y significativa en el mundo de hoy.

El progreso técnico, especialmente en el campo de los transportes y de las comunicaciones, ha hecho la vida del hombre más confortable, pero también más agitada, a veces convulsa. Las ciudades son casi siempre ruidosas: raramente hay silencio en ellas, porque un ruido de fondo permanece siempre, en algunas zonas también de noche. En las últimas décadas, además, el desarrollo de los medios de comunicación ha difundido y amplificado un fenómeno que ya se perfilaba en los años Sesenta: la virtualidad, que corre el riesgo de dominar sobre la realidad. Cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual a causa de mensajes audiovisuales que acompañan su vida de la mañana a la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta condición, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por el miedo de sentir, precisamente, este vacío. Se trata de una tendencia que siempre ha existido, especialmente entre los jóvenes y en los contextos urbanos más desarrollados, pero hoy ha alcanzado un nivel tal que se habla de mutación antropológica. Algunas personas ya no son capaces de quedarse durante mucho rato en silencio y en soledad.

He querido aludir a esta condición sociocultural, porque esta pone de relieve el carisma específico de la Cartuja, como un don precioso para la Iglesia y para el mundo, un don que contiene un mensaje profundo para nuestra vida y para toda la humanidad. Lo resumiría así: retirándose en el silencio y en la soledad, el hombre, por así decirlo, se “expone” a la realidad de su desnudez, se expone a ese aparente “vacío” que señalaba antes, para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que exista, y que está más allá de la dimensión sensible. Es una presencia perceptible en toda criatura: en el aire que respiramos, en la luz que vemos y que nos calienta, en la hierba, en las piedras… Dios, Creator omnium, atraviesa todo, pero está más allá, y precisamente por esto es el fundamento de todo. El monje, dejando todo, por así decirlo, “se arriesga”, se expone a la soledad y al silencio para no vivir de otra cosa más que de lo esencial, y precisamente viviendo de lo esencial encuentra también una profunda comunión con los hermanos, con cada hombre.

Alguno podría pensar que sea suficiente con venir aquí para dar este “salto”. Pero no es así. Esta vocación, como toda vocación, encuentra respuesta en un camino, en la búsqueda de toda una vida. No basta, de hecho, con retirarse a un lugar como éste para aprender a estar en la presencia de Dios. Como en el matrimonio, no basta con celebrar el Sacramento para convertirse en una cosa sola, sino que es necesario dejar que la gracia de Dios actúe y recorrer juntos la cotidianeidad de la vida conyugal, así el llegar a ser monjes requiere tiempo, ejercicio, paciencia, “en una perseverante vigilancia divina – como afirmaba san Bruno – esperando el regreso del Señor para abrirle inmediatamente la puerta” (Carta a Rodolfo, 4); y precisamente en esto consiste la belleza de toda vocación en la Iglesia: dar tiempo a Dios de actuar con su Espíritu y a la propia humanidad de formarse, de crecer según la medida de la madurez de Cristo, en ese particular estado de vida. En Cristo está el todo, la plenitud; necesitamos tiempo para hacer nuestra una de las dimensiones de su misterio. Podríamos decir que éste es un camino de transformación en el que se realiza y se manifiesta el misterio de la resurrección de Cristo en nosotros, misterio al que nos ha remitido esta tarde la Palabra de Dios en la lectura bíblica, tomada de la Carta a los Romanos: el Espíritu Santo, que resucitó a Jesús de entre los muertos, y que dará la vida también a nuestros cuerpos mortales (cfr Rm 8,11), es Aquel que realiza también nuestra configuración a Cristo según la vocación de cada uno, un camino que discurre desde la fuente bautismal hasta la muerte, paso hacia la casa del Padre. A veces, a los ojos del mundo, parece imposible permanecer durante toda la vida en un monasterio, pero en realidad toda una vida es apenas suficiente para entrar en esta unión con Dios, en esa Realidad esencial y profunda que es Jesucristo.

¡Por esto he venido aquí, queridos hermanos que formáis la comunidad cartuja de Serra San Bruno! Para deciros que la Iglesia os necesita, y que vosotros necesitáis a la Iglesia. Vuestro lugar no es marginal: ninguna vocación es marginal en el Pueblo de Dios: somos un único cuerpo, en el que cada miembro es importante y tiene la misma dignidad, y es inseparable del todo. También vosotros, que vivís en un aislamiento voluntario, estáis en realidad en el corazón de la Iglesia, y hacéis correr por sus venas la sangre pura de la contemplación y del amor de Dios.

Stat Crux dum volvitur orbis – así reza vuestro lema. La Cruz de Cristo es el punto firme, en medio de los cambios y de las vicisitudes del mundo. La vida en una Cartuja participa de la estabilidad de la Cruz, que es la de Dios, de su amor fiel. Permaneciendo firmemente unidos a Cristo, como sarmientos a la Vid, también vosotros, hermanos cartujos, estáis asociados a su misterio de salvación, como la Virgen María, que junto a la Cruz stabat, unida al Hijo en la misma oblación de amor. Así, como María y junto con ella, también vosotros estáis insertos profundamente en el misterio de la Iglesia, sacramento de unión de los hombres con Dios y entre sí. En esto vosotros estáis también singularmente cercanos a mi ministerio. Vele por tanto sobre nosotros la Madre Santísima de la Iglesia, y que el santo padre Bruno bendiga siempre desde el cielo a vuestra comunidad.

 

 

Dom André Poisson, prior de la Gran Cartuja y ministro general de la Orden

André Poissón nació en 1923. Ingresó en la Gran Cartuja con 23 años, en 1946. En el año 1967 fue elegido prior de la misma y ministro general de la Orden, tenía 44 años; aquella misión la realizó durante 30 años. Aquel 1997 cuando dejó el cargo, los priores de las demás cartujas escribieron sobre él: «Durante treinta año, en momentos importantes y a veces difíciles, ha guiado a nuestra familia cartujana y la ha mantenido en la unidad. Con su sabiduría ha permitido a nuestra Orden adaptarse a los nuevos tiempos sin renunciar a nada de su auténtica herencia espiritual».

Este cartujo puede definirse como uno de los maestros espirituales del siglo XX. Dejó muchos escritos (que nos llegan como anónimos por su humildad). Escribió Dom André:
«No nos dejemos distraer de lo esencial a causa del aspecto conmovedor de la comparación utilizada por el Señor. La exigencia que espera es radical, es la entrada en el reino lo que está en juego. La conversión, la “metanoia” que se nos pide cada día, es adquirir la actitud no de hacer toda clase de proezas o hazañas sino de convertirse y hacerse como niños (Mt 18, 3)»

Monje cartujo

Monje cartujo

La relación de André Poisson con Dios estaba fundada por entero sobre la confianza total en su amor. En cada circunstancia de la vida, feliz o menos feliz, era constante su abandono confiado y filial en los brazos del Padre, en quien se acurrucaba como un niño.

El Padre no nos deja solos… confiemos en él porque sabe el plan que nos tiene preparado.

Iconografía de San Bruno: la rama de olivo y el salmo 52 (51)

Una de las muestras más antiguas de la iconografía de San Bruno, fundador de la Orden de la Cartuja, es la que muestra al santo con una  la rama de olivo. Otros de los símbolos que porta en mucha de su iconografía es una cruz arborescente, símbolo de fe y de penitencia, ante ella  la contempla extasiado; algunos autores la asocian a ramas de olivo también.

Según la autora López Campuzano, la imagen más antigua de San Bruno portando este símbolo se encuentra entre las xilografías de Woensanu para los libros  Sancti Brunonis y Sermtí di Luneto Brunote, escritos en 1516 por el prior Dom Petras Blomevenna (cartuja de Santa Bárbara de Colonia).

Además de la rama de olivo lleva un libro abierto en donde se lee parte del salmo 52 (51). La autora comenta: «debe entenderse como la presencia de San Bruno en la Iglesia, dando permanentemente frutos de santidad por sí y por medio de su Orden».

  «Ego sicvt oliva frvctifera in domo dei»

(Yo seré como olivo fructífero en la casa de Dios)

(Ps. 52, 10)

Vita Sancti Brunomis (1516). Xilografía de Woensam. Una de las representaciones más antiguas conocidas de San Bruno (porta una rama de olivo)

Vita Sancti Brunomis (1516). Xilografía de Woensam. Una de las representaciones más antiguas conocidas de San Bruno (porta una rama de olivo)

Ayer se inauguraba la cuaresma, tiempo de penitencia y preparación para pasión y muerte de Cristo y su resurrección, verdadera razón de la fe católica, en donde se asienta sus cimientos.

Meditemos el salmo 52: El amor de Dios dura por siempre

Del maestro de coro. Poema de David.
Cuando el edomita Doeg vino a avisar a Saúl, diciéndole: “David ha entrado en casa de Ajimélec”.

¿Por qué te jactas de tu malicia,
hombre prepotente y sin piedad?

Estás todo el día tramando maldades,
tu lengua es como navaja afilada,
y no haces más que engañar.

Prefieres el mal al bien,
la mentira a la verdad;

Amas las palabras hirientes,
¡lengua mentirosa!

Por eso Dios te derribará,
te destruirá para siempre,
te arrojará de tu carpa,
te arrancará de la tierra de los vivientes.

Al ver esto, los justos sentirán temor
y se reirán de él, diciendo:

“Este es el hombre
que no puso su refugio en Dios,
sino que confió en sus muchas riquezas
y se envalentonó por su maldad”.

Yo, en cambio, como un olivo frondoso
en la Casa de Dios,
he puesto para siempre mi confianza
en la misericordia del Señor.

Te daré gracias eternamente
por lo que has hecho,
y proclamaré la bondad de tu Nombre
delante de tus fieles.

López Campuzano, Julia. Aportaciones a la iconografía de San Bruno.

Las puertas del silencio (IV)

Siguiendo con este tratado cartujano de Las puertas del silencio escrito en 1970, vemos hoy la última parte. Está orientado, como hemos ido indicando, para el joven novicio que debe ir desarmando corazón y mente para desprenderse del “hombre viejo”.

 La primera frase de hoy impone: «No le hables a ti mismo de ti mismo». Reflexionemos una vez más… ¿cuántas veces nos hemos descubierto discutiendo o enzarzados en conversaciones con nosotros mismos? Para no caer en la vanidad… «no pienses en ti, para bien, ni para mal».

 Tres cosas turban la mente del ser humano, tres cosas a evitar o al menos tenerlas controladas y localizadas en el momento que aparecen:

 –No criticar las dificultades de la vida.  Dice l escritor cartujo: «La vida es un combate, ¿no lo sabes ya?». Y bien es verdad que cada uno tenemos nuestra propia cruz, que hay que tomar para seguir a Cristo. Aceptación.

 –No sopeses tus penas ni tus sacrificios. ¿Qué es eso de ir de víctima? No te compadezcas de ti mismo: Dios ama al que da con alegría.

 –No tengas “coquetería” de tu alma. No te aflijas por tus impotencias, haz en todo momento la voluntad de Dios, con las fuerzas y gracias del momento presente, ya que como dice el autor no se te pide más. Esfuérzate sin mirar a tu alrededor, da hasta lo que puedas ofrecer… y no te compares con nadie pues eso te hará daño. Hay “santos” de todas las tallas.

San Bruno

San Bruno

Termina diciendo: «Y vive en paz bajo las alas protectoras del Dios que te ama».

 «El Señor es mi Pastor, nada me falta»

Salmo XXII

 Déjate en los brazos de Padre. Abandónate. Dice este monje: «Cada noche te dormirás murmurando: “Ten confianza ¡no te ocurrirá nada malo!”». Estoy seguro que si confiáramos más todo iría mejor.

 CONCLUSIÓN

 Sólo copiaré una frase del colofón, pues cada una de ellas en todo el escrito es una pequeña joya para meditar: «Por la gracia de Dios, observa estas cosas con toda paciencia y fidelidad. La paz descenderá a tu alma; el silencio la envolverá.»

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.

Las puertas del silencio (III)

La tercera fase que nos muestra el autor cartujo de Las Puerta del Silencio es cómo combatir las obsesiones interiores.

 Se trata de una tarea difícil ya que nuestra cabeza nos puede jugar malas pasadas muchas veces.. nos obsesionamos, le empezamos a dar vuelta a una cosa, nos fusionamos con esos pensamientos negativos y no vemos la manera se separarnos para no sufrir.

 Pensamientos, ideas, comentarios, dudas, miedos… llegan a nuestra mente racional y se imponen como una algarabía a la que no puedes controlar; quieren nuestra atención, hecho que nos hace sombra en el orden del espíritu.

 Hay dos tipos de obsesiones según este cartujo: la que no tienen fundamento real  la que sí que tiene.

 De base real, que realmente exista y tú lo vivas como victima, es decir que estés obsesionando con una enfermedad, con un dolor, con el menosprecio de alguien, por ser perseguido de algún modo…

 El cartujo nos recuerda que Cristo sufrió mil agravios más… que este tipo de persecución es una prueba, pues la «la Providencia talla, burila, pule, martillea las almas sirviéndose de los que le rodean». Seamos agradecidos y digamos: ¡Gran regalo de Dios!

 Piensa en el amor al prójimo, en tu fe, en la compasión… y olvídate de esos elementos perturbadores… ofrécete como victima y déjate caer en los brazos de Cristo.

San Bruno

San Bruno

¡El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga!

Mt. 16, 24

 Por otro lado, nos dice este monje, que puede que tu obsesión no tenga un fundamento real. Hay días que vemos las cosas con una claridad meridiana, pero nos obsesionamos y “entramos al trapo” rápidamente. La solución que nos propone: tomar consciencia.

 La consciencia se obtiene viviendo el presente, dándonos tiempo para reflexionar y que se calmen los nervios y se apacigüe nuestra agitada mente. Paciencia… es duro, pero compensa. Cuando las tribulaciones  aparecen lo primero es identificarlas, acotarlas y esperar… no actuar sin pensar dejándonos llevar por ellas.

Razonemos: «si no tienen una base real… ¿por qué darle rienda suelta a nuestra fantasía?» Es una obsesión de nuestra imaginación.

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.

Las puertas del silencio (II)

Siguiendo con los comentarios al pequeño escrito cartujano Las puertas del silencio, hoy vemos el segundo capítulo: Evitar las discusiones interiores.

Bien es cierto, tal y como se apuntó en la primera entrada, que el escrito es una carta de bienvenida al joven novicio para que poco a poco se forme y traspase las duras barreras que conlleva la separación y el abandono voluntario “del mundo”.

Pero… ¿no es cierto que muchas veces nos sorprendemos a nosotros mismos inmersos en discusiones internas?  ¿no es cierto que “rumiamos” frases, conversaciones, pensamientos… que nos han afectado? Y no encontramos la forma de decir stop, tomar consciencia y separarnos de esas ideas para no fusionarnos con ellas.

Tomemos aire y perspectiva. Todo se volverá a su cauce si confiamos en Dios.

Dice el texto: “Observa, un solo día, el curso de tus pensamientos. Su sorpréndete frecuencia y la viveza de tus discusiones interiores con interlocutores imaginarios, te sorprenderán”. La vorágine de la vida nos empuja a marchas forzadas… hemos creado un sistema que nos exige conseguir resultados y objetivos cuantitativos; de tal manera que inmersos en el día a día hacemos las cosas de manera automática. Démonos un respiro, hagamos como dice este monje cartujo, tomemos un día consciencia de nosotros mismos  observándonos.

Superiores y hermanos, o jefes y compañeros, que de una u otra forma no congenian con nosotros o nos exigen tareas que hace que nos revelemos de forma interior para con nosotros mismos por considerar esas acciones injustas… “se erige un tribunal en nuestro interior, donde somos procurador, presidente, juez y jurado; raramente abogado, si no es para nuestra propia causa. […] uno se justifica, pero se condena al ausente”. ¿No os ha pasado nunca descubriros en esa situación de víctima?

Advierte este cartujo que en esas circunstancias se pueden elaborar planes de revancha o tretas vengativas, todo fuera del amor de Dios… por tanto ¿para qué sirven esos juicios prematuros, esos sobresaltos de amor propio, esa agitación personal que se paga con la pérdida de paz interior?

Piensa en Cristo bajo el ultraje, las injurias y la irrisión. Jesús callaba. Piensa en Él, pues sólo Él basta, que nada te turbe parafraseando a Santa Teresa.

 “Callaba”

Mateo 26, 23

 Dice como sabio mensaje: “Créeme: no discutas jamás con nadie, no sirve para nada. […] pasa la página apenas se inicie la controversia […] y a otra cosa: tu alma no es un forum, sino un santuario”. […] no se trata de tener razón, sino de embalsamar a tu alrededor con el perfume de tu amor [al prójimo]”.

Utilizando frases del texto, todas con gran sentido, podríamos concluir diciendo: Confía y no juzgues; doblega tu soberbia y olvida hacer el mal, pues nada bueno sale de esas intenciones. Sólo con Dios, Él lo sabe todo, Él lo puede todo, Él te ama… abandónate en Él y deja que todo amaine, y adelántate con vista cuanto la tempestad se levante, abstente de dialogar contigo mismo, sólo repite con dulzura: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.

Abísmate en el amor, la gloria, el gozo de las divinas Persona. Todo irá a mejor.

San Bruno

San Bruno

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.

Las puertas del silencio (I)

Durante las próximas cuatro semanas analizaremos brevemente la obra Las puertas del silencio. Obra anónima escrita por un monje cartujo y publicada en Ginebra (Suiza) en el año 1970. La traducción al castellano la hizo otro monje anónimo de la cartuja valenciana de Porta Coeli en 2002.

El autor cartujo, fiel a la tradición de la Orden, no pretende dirigir de manera espiritual a nadie extramuros de su cartuja, su intención principal es ayudar a los novicios en sus primeros pasos como monjes cartujos; pero bien es cierto que los laicos podemos aprender una gran enseñanza de este breve y sencillo texto.

La introducción, dirigida al alma, insta que la obra sólo será de provecho a aquella persona que de manera consciente quiere olvidar el mundo y abandonarse en el Señor: “A ti sola, alma bienaventurada a quien el Señor atrae al desierto para hablarte al corazón. A ti sola, que lo has acogido como Único”.

Cuatro son los apartados que propone para franquear las puertas del silencio, que si los observas “con exacta obediencia y una prefecta caridad” habrás superado los mayores obstáculos.

El primero que se analiza esta semana, posiblemente el más difícil y complejo:

 SOFOCAR LOS RUIDOS INTERIORES

San Bruno

San Bruno

¡Qué difícil es a veces encontrar la paz dentro de uno mismo! Nuestra mente siempre está “operativa” con un vaivén continuo de recuerdos y pensamientos (buenos o malos) que suscitan emociones, muchas de ellas terminan desequilibrando el alma que busca la calma.

Tres son los generadores de ese ruido: los recuerdos, la curiosidad y las inquietudes.

No recuerdes, no reavives ningún “mal recuerdo”. El mal arrepentido está perdonado”. La generosidad del amor presente repara el pasado. Olvida acciones concretas” dice el monje cartujo. ¿De qué nos sirve darle vueltas a un asunto pasado? ¿Para qué hacernos “mala sangre” reabriendo heridas y recuerdos innecesariamente? El Pasado ya pasó… déjalo ir, ya no va contigo. Suéltalo. Perdónalo sin rencor.

Evita la nostalgia y el daño a tu alma viendo fotos o cosas que sabes que en el fondo “te remueven tu interior” y no te ayudan a serenarte.

Ahora que tan de moda están las redes sociales… ¿Cuántas veces nos obcecamos en “saber” simplemente por curiosidad para luego murmurar o criticar, o dar opiniones banales de lo que vemos? Muchas veces hacemos juicios de valor innecesarios sin saber qué es lo que realmente pasa.

Tu memoria es un terrible acumulador; almacena tesoros de futuras distracciones”. Pon tu mente en blanco, sosiega tu mente, respira profundamente y céntrate en Dios que todo lo puede.

Después de callar esos ruidos, céntrate en reprimir la curiosidad. El autor cartujo no lo dice así, pero creo que todos me comprenderéis con la frase: “la curiosidad mató al gato”. ¿No os ha pasado que cuando os enteráis de noticias nuevas ya sea por la televisión ya por algún comentario, vuestro corazón se agita y vuestros sentimientos se fusionan? La solución es tomar consciencia, detenerse y separase de esos sentimientos dañinos, no entréis en el juego de la crítica… no os recreéis en eso. “Ignora de corazón lo que pasa en el mundo: reza por él”.

“Si no te comunican noticia de nada, ni de nadie, no la pidas, ¡gran suerte es esa! […] rehúsa tú prestar atención a lo pasajero”. Analiza si de verdad es interesante y necesaria esa información… acalla ese ruido que te lo pide… pregúntate: ¿puedo pasar sin ella? ¿la necesito?

Escribe el autor: “Sé feliz al ignorar lo que pasa en los trabajos; cómo se administran; cuáles son las relaciones de cada uno. Ama a todos tus hermanos con un amor igual, desprendido. No te informes, pues, de los acontecimientos insólitos de la Comunidad: ¿Quién viene? ¿quién pasa?…”

 Si  no estás encargado de los otros, no te informes de sus comportamientos; no hagas reflexiones interiores al respecto, sobre todo a lo concierne a sus defectos  faltas”… ¿cuántas veces intentamos saciar nuestra curiosidad preguntando sobre nuestro compañero? Detente, respira y medita… ¿es necesario? ¿soluciono algo?

Finalmente, el autor termina este primer capítulo diciendo que cerremos las puertas a las inquietudes. “Tengas lo que tengas que hacer, sean cuales sean tus responsabilidades materiales o espirituales, no enmarañes tu alma, y no permitas jamás que la inquietud te turbe!

 Todo ocurre porque Él quiere; nada se hace que Él no lo permita.

¿Por qué angustiarse con banas preocupaciones?

Texto completo: Las puertas del silencio (1970) escrito por un monje.