13 de noviembre: Todos los santos de la Cartuja

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A continuación ofrecemos cuatro de las doce lecturas de maitines de hoy. Es parte de una carta del cartujo Bernardo de Portes a Raynaud el recluso.

Cristo llevando la cruz seguido por los cartujos (Ambrogio Bergognone – siglo XV)

Acuérdate que te hace falta aplicarte sin descanso a la oración; vela para dedicarle el mayor cuidado. Ninguna preocupación debe jamás apartarte de ella, ni siquiera el peso de alguna enfermedad. No ruegues solamente por tu salud, sino por todos aquellos fieles vivos, difuntos o llamados a vivir, especialmente por aquellos de los cuales tú recibes ayuda, y, al mismo tiempo, por nosotros. Entonces, confiando en la ayuda del Espíritu Santo que, según la palabra del Señor, enseña a los santos a orar con gemidos inefables, entra en el santuario de tu corazón, cierra la puerta a las vanidades y a los pensamientos impuros, con los cuales el enemigo intenta invadirte, y ora a tu Padre en secreto. En todo tiempo, según tus posibilidades y la gracia del Señor, pero sobre todo en estos momentos, guarda tu corazón con extremo cuidado.


Un verdadero amor y una fe ferviente en la cruz de Cristo vuelven vanas todas las maquinaciones del enemigo. Y la oración acompañada de lágrimas vence y echa fuera todo género de tentación. Tales son las armas y los combates espirituales de la lucha que tú sostienes en presencia del Rey, cuyo servicio tú acabas de abrazar. Sabe que tú has encerrado tu cuerpo y que lo has liberado de las preocupaciones exteriores, con el fin de que tu corazón pueda vacar libremente a ella. Pasarás por grande a los ojos de los hombres, porque te dirán «recluso», pero no podrás ser grande ante Dios si no realizas todo esto con el mayor celo y la mayor vigilancia. Los hombres, en efecto, no prestan atención sino a lo exterior; pero el Altísimo juzgará las disposiciones interiores. Y si tú te encuentras a veces incapaz de cumplir este programa de vida, confiesa humildemente delante de Dios tu falta de devoción y tu imperfección, pide ardientemente y con piedad el socorro de la gracia de aquél que dice: “Sin mí no podéis hacer nada”.

Las sagradas Escrituras te enseñarán continuamente que la humildad es la guardiana de todas las virtudes, y que toda virtud, sin ella, está desprovista de todo apoyo: mucho más, es ya ella misma una virtud. Cuando tú te entregues al ayuno, a la oración, a la salmodia, no faltarán enemigos invisibles para aplaudirte y gritar: “Bravo, bravo, ¿quién se parece a ti? ¿Quién sabe agradar a Dios hasta tal punto? ¡Oh, si los hombres conocieran tu santidad!” Pero tú, responde en seguida en tu corazón a estos enemigos, recurriendo a las palabras del profeta: «Estremézcanse de ignominia los que me gritan: “¡Ea, ea!”» Y añade: “yo soy pobre y menesteroso”. Pues es enteramente verdad, que serás siempre menesteroso y pobre, cualesquiera que sean con el tiempo tus progresos en la virtud, y no podrás obtener una plena victoria sobre el enemigo invisible, hasta el día en que alcances a Aquel a quien tú dices: “Tú me llenarás de alegría ante ti”, y “al despertar, me saciaré de tu imagen”.


Si acontece que un hombre te alaba en tu presencia, no creas estas palabras de un extraño más que al testimonio de tu propia conciencia, y acuérdate de la escritura que dice: “Aquellos que te declaran bienaventurado, te engañan”. Para no enorgullecerte en ti mismo por tus progresos, recuerda lo que dice el apóstol: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te envaneces como si no lo hubieras recibido?” Para alejar el deseo del favor humano, escucha al Señor que dice: “Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean; de otra manera no tendréis recompensa ante vuestro Padre, que está en los cielos”. Él declara también de aquellos que obran de tal modo: “En verdad os digo que ya recibieron su recompensa”. No creas, no obstante, que sea un mal ser alabado por los hombres, si el halago no es la causa; puesto que está escrito, por el contrario: “Por causa vuestra es blasfemado entre los gentiles el nombre de Dios”. Pero lo que es un mal, es ansiar la alabanza o amarla.

Fuente: Lecturas de maitines – Ciclo A – 13 de noviembre, lecturas 9 a 12 – Cartuja San José 2020

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