¿Se convirtió San Bruno por las palabras de un muerto?

Poco antes de morir Teresa de Lisieux le dijo a una de sus hermanas de sangre: “Si los santos volvieran a la Tierra, la mayoría no se reconocería por lo que decimos y lo que escribimos sobre ellos.”

Hoy celebraremos la solemnidad de San Bruno de Colonia, fundador de la Orden de los cartujos, fallecido el 6 de octubre de 1101. Una de las cosas en las cuales seguramente este santo no se reconocería en absoluto es en la leyenda que nació en torno a su conversión y vocación. Esta leyenda aparece por primera vez en forma escrita hacia el año 1300, 200 años luego de la muerte del santo, y dice así:

Funeral de Raymond Diocrès, detalle de «Escenas de la vida de san Bruno y de la orden la Cartuja» – (Escuela alemana, c1490-1500 Gemäldegalerie, Berlín)

Falleció en París un famoso doctor. En sus funerales de cuerpo presente y con asistencia de la Universidad, se incorporó el difunto para exclamar: —Por justo juicio de Dios soy acusado. Al día siguiente se repitió el portento con nueva exclamación: —Por justo juicio de Dios soy juzgado. Y al tercer día, ante una multitud espantada, gritó: —Por justo juicio de Dios soy condenado. Estaba presente Maestro Bruno con varios amigos. Fuertemente impresionado, arengó a sus compañeros y con seis de ellos se retiró a la soledad.

Uno de los argumentos más fuertes contra la historicidad de este relato es que la Universidad de París fue fundada en 1150. Nunca hubo una universidad en París durante la vida del santo.

Otro argumento, no menos fuerte que el anterior, es el silencio que el mismo san Bruno conserva acerca de estos hechos en las cartas que de él se conservan, que son dos. En una de ellas incluso le recuerda al remitente, su amigo Raúl, cómo en realidad nace su vocación a la soledad de la Cartuja:

¿Te acuerdas, amigo mío, del día en que nos encontrábamos juntos tú y yo con Fulcuyo le Borgne en el jardincillo contiguo a la casa de Adam, donde entonces me hospedaba? Hablamos, según creo, un buen rato de los falsos atractivos del mundo, de sus riquezas perecederas y de los goces de la vida eterna. Entonces, ardiendo en amor divino, prometimos, hicimos voto y decidimos abandonar en breve las sombras fugaces del siglo para captar los bienes eternos, y recibir el hábito monástico.

Tampoco mencionan el hecho quienes sobre él escribieron luego de su muerte en el “rollo de los sufragios”. Este “rollo” es una recopilación de 178 mensajes que escribieron diferentes contemporáneos del santo, de diversas partes de Europa. Por último, nada se menciona de esta espectacular conversión en la primera biografía que se escribe de San Bruno, en el año 1136:

El Maestro Bruno, alemán de nación, de la célebre ciudad de Colonia, nacido de conocida familia, muy instruido en letras profanas y divinas, canónigo de la iglesia de Reims —primera sede de las Galias— y su maestrescuela, abandonando el mundo, fundó el desierto de Cartuja y lo rigió seis años. Mandado por el papa Urbano, del que antes había sido maestro, marchó a la Curia para ayudar al mismo Pontífice con su apoyo y consejo. Pero no pudiendo resistir la agitación y costumbre de la Curia, ardiendo en deseos de la soledad y quietud perdidas, dejó la Curia, rechazó el arzobispado de Reggio, para el cual por voluntad del Papa había sido elegido, y se retiró al yermo de Calabria llamado la Torre. Reunidos allí numerosos laicos y clérigos, llevó a cabo, mientras vivió, su programa de vida solitaria. Y allí murió y fue enterrado, unos once años después de dejar Cartuja.

“La conversión de San Bruno ante el cadáver de Diocres” (por Vicente Carducho)

No solo en la época medieval la leyenda sobre su conversión fue repetida como un dogma por poetas, hagiógrafos y artistas. Incluso hoy todavía se repite. Pero la verdad es austera, como la vida de un cartujo. No tiene nada de espectacular. Hoy, día de san Bruno, tenemos una buena oportunidad para comenzar a prescindir en nuestra espiritualidad de tantas leyendas que rodean muchas veces las vidas de los santos. De buscar la verdad se trata. Y la verdad nos hace libres.

Fuentes:
Maestro Bruno, padre de monjes (por un Cartujo) Biblioteca de Autores Cristianos – Madrid, 1980.

Cita de Santa Teresa de Lisieux: Carmelite Authors 101: St. Thérèse of Lisieux – YouTube

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