Federico García Lorca en la cartuja de Miraflores en Burgos. II PARTE

Continuando con el anterior post de Federico García Lorca, reproduciremos la segunda parte de su artículo La Cartuja II – Clausura.

Fue escrito durante su estancia en Burgos allá por 1917 para el periódico El Diario de Burgos. Dice así:

Lorca en Burgos. 1917

Lorca en Burgos. 1917

II

 Clausura

Después de haber visitado la iglesia, el monje venerable, me llevó a contemplar una imagen de San Bruno colocada en un detestable altarito situado en una capilla reservada. “Éste es el San Bruno de Pereira”, me dijo… y refirió una serie de anécdotas a propósito de la imagen. Indudablemente la escultura está bien hecha, pero ¡qué poca expresión! ¡Qué actitud de eterna teatralidad! El santo del silencio y de la paz mira al crucifijo que lleva en las manos con aire indiferente, como si mirara otra cosa cualquiera. Ni el sufrimiento espiritual, ni la lucha con la carne, ni la locura celestial aparecen grabados en el gesto de la efigie. Es un hombre… cualquiera que haya pasado cuarenta años en el mundo tiene el sello mismo del sufrimiento vulgar… Estamos en España soportando una serie insoportable de esculturas ante las cuales los técnicos se extasían, pero que no poseen en sus actitudes, en sus expresiones un momento de emoción. Son modelos admirablemente retratados y a veces admirablemente policromados… pero qué lejos está el alma del personaje del retrato.

Los santos héroes de historias lejanas, románticos del sufrimiento por amor a Dios y a los hombres, no encontraron su encarnación artística. ¡Hay que pasar por las salas del museo de Valladolid! ¡Horror! Bien es verdad que hay algunos aciertos, muy pocos… pero lo demás…

Causa pena profunda observar la espantable medianía de la escultura. Es el arte que toca más a la tierra. Los genios de ella llegaron a la primera nota de la escala espiritual… Nunca dieron un acorde…

Es algo la escultura, muy frío y muy ingrato al artista. La fuente apasionada del escultor se estrella ante la piedra que talla… Quiere dar vida y la da, quiere dar sentimiento y alma y la da en las figuras… pero no puede abrir en ellas el libro sagrado y dulce en que los demás hombres leen las emociones que los llevan al solitario jardín de los sueños… Reproducen… nunca crean…

Este santo que tiene la rudeza de un patán y la fortaleza de un castellano pueblerino, me hace la impresión del retrato de un pobre lego antiguo, de esos que repartían la sopa boba por las tardes rodeado de una turba de pobres envejecidos por el hambre. Pobre idea del pobre señor Pereira, que imaginó al Bruno loco del misticismo reposado y doloroso como un hombre vulgarísimo, después de haber comido y discreteado un poco… Desdichada imaginación del señor Pereira, como casi todos los escultores que exponen en Valladolid, que hicieron de figuras ideales, casi fantásticas, retratos de hombres recios, de idiotas y de bobalicones…

“¡Ay! exclamarán muchos ¡qué disparate! Estas esculturas son magníficas! ¡Note usted la maravilla de esas manos! ¡Fíjese usted, qué cosa tan anatómica!” Sí, sí señor, pero a mí únicamente me convence el interior de las cosas, es decir, el alma incrustada en ellas, para que cuando las contemplemos puedan nuestras almas unirse con las suyas. Y originar en esa cópula infinita del sentimiento artístico el dolor agradable que nos invade frente a la belleza… A esta estatua de San Bruno, tan cacareada por sabios y no sabios, únicamente le observé, mejor, le puse toda la indiferencia cartujana. Bien es verdad que el autor no quiso hacer la estatua indiferente, pero así me resultó a mí. Aquella mirada fría, inexpresiva, ante la amargura del suplicio de la cruz encierra el enigma de la Cartuja… Así lo veo yo…

“… Y por unas circunstancias que no son del caso relatar pude entrar en clausura…” El monje de las barbas, severo y simpático, me acompañó.

Salimos de la iglesia… Ya la tarde quería decir sus últimas modulaciones en oro, rosa y gris. Era sereno el ambiente como el agua estancada de los bosques. Era dulce la luz como una nostalgia de amanecer. Eran tranquilas las palabras como rezos crepusculares…

Una puertecita achatada se abrió, y entramos en el recinto sagrado de la clausura. No hay suntuosidad interior en esta Cartuja de Miraflores. En el pasadizo de la entrada luce sus colores feos una horrible colección de cuadros con escenas de martirios… El retrato de un monje impone silencio, llevándose un dedo a los labios… el corredor se perdía en una claridad lechosa.

Al final, otro corredor lleno de puertecitas abiertas en la blancura de las paredes, y una cruz de madera pintada de negro… Hay solemnidad humilde, austeridad angustiosa, y silencio de inquietud en estas estancias. Todo callado a la fuerza. Porque sobre estos techos hay cielo, y palomas, y flores, y sobre estos techos hay tormentas, y lluvias, y nieves… pero la fuerza de unas torturas espirituales pone las notas de quietud espantosa en estos claustros pobres y blancos. Nada se oye…, nuestras pisadas son insultos que despiertan a los ecos lejanos.

De cuando en cuando, al detenernos en nuestra marcha, fluye el plomo de la quietud con toda su pasión… Huele a membrillos al pasar por algunas habitaciones umbrosas. Huele a sufrimientos y pasiones casi ahogadas. Husmea Satanás en medio de la soledad. Es doloroso el silencio de la Cartuja. Estos hombres se retiraron de la vida huyendo de sus vicios, de sus pasiones. Fueron a ocultar en este relicario de añeja poesía toda la amargura de su corazón. Adivinaron un estado de quietud espiritual, un algo encantado donde sepultar sus deseos, sus desgracias; pero no lo consiguieron… Seguramente aquí se reflorecieron sus pasiones de una manera exquisita.

La soledad es la gran talladora de espíritus. El hombre que entró en la Cartuja trémulo y aplanado por la vida, no encontró aquí el consuelo.

Somos muy desdichados los hombres, queremos regirnos por nuestros cuerpos y supeditar las cosas a nuestros cuerpos, sin contar para nada con las almas. Estos hombres sepultan aquí sus cuerpos, pero no sus almas. El alma está donde ella quiere. Todas nuestras fuerzas son inútiles para arrancarla donde se clava. Además… ¿qué sabemos nosotros lo que desea nuestra alma?

¡Qué angustia tan dolorosa estos sepulcros de hombres que se mueven como muñecos en un teatro de tormentos! ¡Qué carcajadas de risa y llanto dará el corazón! Nuestras almas reciben las pasiones admirables, y ya no se pueden sacudir de ellas. Lloran los ojos, rezan los labios, se retuercen las manos, pero es inútil; el alma sigue apasionada, y estos hombres buenos, infelices, que buscan a Dios en estos desiertos del dolor, debían comprender que eran inútiles las torturas de la carne cuando el espíritu pide otra cosa.

Es harta cobardía estos ejemplos de los cartujos. Ansían vivir cerca de Dios aislándose… pero yo pregunto ¿qué Dios será el que buscan los cartujos? No será el Jesús seguramente… No, no… Si estos hombres desdichados por los golpes de la vida soñaran con la doctrina del Cristo, no entrarían en la senda de la penitencia sino en la de la caridad. La penitencia es inútil, es algo muy egoísta y lleno de frialdad. Con la oración nada se consigue, como nada se consigue tampoco con la maceración. En la oración se pide algo que no nos pueden conceder. Vemos o queremos ver una estrella lejana, pero que borra lo exterior, lo que nos rodea. La única senda es la caridad, el amar los unos a los otros.

Todos los sufrimientos puede tenerlos el alma, lo mismo en el estado de penitencia que en el de caridad; por eso estos hombres que se llaman cristianos debían no huir del mundo, como hacen, sino entrar en él remediando las desgracias de los demás, consolando ellos para ser consolados, predicando el bien y esparciendo la paz. Así serían con sus espíritus abnegados verdaderos Cristos del Evangelio ideal. Es verdaderamente anticristiano una Cartuja. Todo el amor que Dios mandó nos profesáramos falta allí, ni ellos mismos se quieren. Sólo se hablan los domingos un rato, y sólo están juntos durante los rezos y la comida. No son ni hermanos. Viven solos…

¡Y todo por no pecar… por no hablar! ¡Como si en las meditaciones íntimas no hubiera pecado! Quieren, como he dicho antes, ser cuerpos sin mancha, porque el alma… el alma puede con todas las maceraciones. Estos desdichados a quien todos debemos compadecer, creen engañarse y engañar sus sentidos con una tortura de la carne. ¿Quién puede asegurar que alguno o casi todos no sienten deseos, ni aman a mujeres lejanas por quien entraron allí; ni odien ni se desesperen?.. Tendrán el Cristo delante como el San Bruno de Pereira, llorarán invocando a los espíritus celestiales, pero sus almas amarán y desearán y odiarán… y la carne también se desatará… y por las noches muchos hombres de éstos que son jóvenes y vibrantes de vida, verán desde su cama visiones de mujeres a quien amaron, gentes a quien despreciaron, y amarán y despreciarán, y querrán cerrar los ojos, pero los tendrán abiertos… porque los hombres no somos quién ni podemos encauzar nuestras almas hacia el lago sin inquietud y sin dolor que deseamos. Estos hombres admirables de decisión, huyen del ruido creyendo que los pecados se esconden en él, y cayeron en otro lugar propicio a los pensamientos y por lo tanto al pecado. Cayeron en un jardín abonado para el bien y el mal, y gustaron una gran pasión, ellos que tanto huían de ella. La gran pasión del silencio.

Aquí mueren habiendo apurado la copa de la pasión espiritual, y sin haber hecho ningún bien… ¿Bien a ellos?… Creo que no, porque si hubieran apurado sus lágrimas entre los desgraciados, se llevarían al otro reino un rosal piadoso con las rosas blancas del recuerdo, mientras así mueren sin haber gustado las maravillas espirituales del bien cumplido… Además estamos aquí sin saber por qué… ¿Dios nos da sufrimientos? pues sufrámoslos… no nos queda otro remedio.

Pero a veces me parece que sois geniales protestantes del mismo Dios al huir del mundo que el creó, para buscar otro Dios de calma y sosiego… pero no podéis, porque las crueldades refinadas por su dolor que acompañan a nuestro corazón, viven con nosotros hasta la muerte…

¡Qué silencio tan abrumador! Todos ven así el silencio cartujano, paz y tranquilidad. Yo sólo veo la inquietud, desasosiego, pasión formidable que late como un enorme corazón por estos claustros. El alma siente deseos de amar, de amar locamente y deseos de otra alma que se funda con la nuestra… deseos de gritar, de llorar, de llamar a aquellos infelices que meditan en las celdas, para decirles que hay sol, y luna, y mujeres, y música; de llamarlos para que se despierten para hacer bien por su alma, que está en las tinieblas de la oración, y cantarles algo muy optimista y agradable… pero el silencio reza su canto gregoriano y pasional.

Al pasar por una estancia fría y severa, se ve una Virgen con su manto celeste bordado de estrellas, con un niño chiquito alegre, llevando su corona altísima imperial… algo que recordaba el mes de Mayo…, una alegría religiosa entre aquella tristeza cartujana.

Nadie se ve por los salones, sólo nos habla la humedad y olores extraños de cera, de huerto umbrío.

Y más silencio, y silencio, y una gran sensualidad… ¡Enorme pesadilla la de estos hombres que huyen de las asechanzas de la carne y entran en el silencio y la soledad, que son los grandes afrodisíacos!…

Pasamos por el comedor, que tiene una dignidad señorial con su púlpito para las tremendas lecturas de martirios y ejemplos píos… con los vasos blancos, las mesas pobres con aire de castidad… Unas cortinas rojas dejan pasar la luz llenando al salón de tinte rojizo tristísimo… más corredores deshabitados, y el gran patio de la Cartuja.

Tiene este patio un rincón de cipreses lleno de miedo y misterio, donde son enterrados los monjes. Una cruz se alza en el centro cuajada de herrumbre de color oro viejo. Una gran sombra azul llena la melancolía del ambiente.

Hay rosales mustios, y madreselvas cubriendo románticamente los muros. Hay mimbres de las que lloran sus ramas elegantísimas y funerales. Hay plantaciones en el suelo y perales y manzanos…

En el centro, una gran fuente canta la melodía del agua con el runrún temeroso…, tiene algas que chorrean lamiendo la piedra… Un mascarón sonríe con su cara rota y casi borrada…

En el fondo y junto al cementerio hay un triunfo de yedras… Cae la tarde preñada de color íntimo y suave… Atravesamos otra vez lo andado y salimos al patio exterior de la Cartuja… Todo estaba bañado de rosa maravilloso. Era la quietud de la naturaleza.

Sonó la campana el ángelus con su voz grave y armoniosa… El monje se arrodilló, cruzó las manos, besó al suelo… En el tejado bajo una covacha se arrullaban dos palomas…

Hora en que pasan las almas hacia la eternidad… El viento hablaba entre las ramas y ponía temblores de manantial en las hojas de las yedras… Al salir, las lejanías esparcían su infinito tono gris.

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