San Hugo y el Día Internacional del Alzheimer

El 21 de septiembre se celebra el Día Internacional del Alzheimer. San Hugo de Grenoble, obispo que ayudara a fundar en su diócesis la Orden cediendo los yermos terrenos de la Cartuja a San Bruno y sus seis compañeros, también sufrió esta enfermedad antes de su muerte.

Murió cuando le faltaban dos meses para los 80 años. Algún tiempo atrás lo olvidó todo, su memoria se apagó fruto de la demencia senil (alzheimer). Tan sólo recordaba salmos y el padrenuestro.

San Hugo pasó el último periodo de su vida recitando el salterio y repitiendo padrenuestros, es decir rezando en su propia soledad, lo que él siempre anheló y en parte no pudo hacer debido a la responsabilidad de su cargo.

San Hugo, obispo

San Hugo, obispo

Sufrió muchos achaques de salud a lo largo de su vida, pero siempre supo llevarlos como verdaderos “regalos de Dios”. Trastornos gástricos que le producían dolores y le impedían digerir los alimentos. Un dolor de cabeza continuo por más de 40 años (que no lo sabían sino su médico y su director espiritual y que nadie podía sospechar porque su semblante era siempre alegre y de buen humor). Los malos pensamientos que  rodearon toda su vida haciéndolo sufrir muchísimo, pero sin lograr que los consintiera; y al final de su vida la artritis que le producía dolores inmensos y continuos pero nadie se daba cuenta porque sabía colocar una muralla de sonrisas.

Corpus Christi desde la Cartuja de Scala Coeli en Évora

 

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       Pange, lingua, gloriosi     
    Córporis mystérium
    Sanguinísque pretiósi,
    Quem in mundi prétium
    Fructus ventris generósi
    Rex effúdit géntium.
—–
Canta, oh lengua,
el misterio del Cuerpo glorioso
y de la Sangre preciosa
que el Rey de las naciones
Fruto de un vientre generoso
derramó en rescate del mundo.

(Sto. Tomás de Aquino 1225-1274)

Desde el siglo XIII se ha venido celebrando la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo para proclamar y aumentar la fe de los católicos en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.

Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar,
la Pura y Limpia Concepción de María Santísima,
concebida sin mancha del pecado original.

Los cartujos, desde la soledad a la que un día fueron llamados, celebran tan señalada fecha intramuros; desde el silencio, la austeridad y el recomiento. Luiz Carvalho gravó el 6   de junio de 2007 en la cartuja de santa María de Scala Coeli en Évora (Portugal) la celebración del Corpus Christi y la posterior procesión por los centenarios claustros monacales.

El portulano de Macià de Viladestes: patrimonio cartujano disperso

La Cartuja de Vall de Crist, fue la quinta que se fundó en la península, concretamente en Villa de Altura, cerca de Segorbe, en la provincia de Castellón.

Fue en 1385 gracias al infante Martín de Aragón, quien consiguió bula papal de Clemente VII. Se mantuvo como centro eclesiástico más de seis siglos, siendo un gran centro espiritual donde personajes de la talla de Bonifacio Ferrer, San Ignacio de Loyola o el antipapa Benedicto XIII se dieron cita.

Tras la desamortización de Mendizábal en el siglo XIX, que provocó su abandono, la cartuja entró en tal fase de declive que su estado actual es ruinoso, apenas quedando algún maltrecho edifico.

Algunos de sus objetos muebles fueron salvados, otros vendidos o expoliados… el claustro lo adquirió la ciudad de Segorbe con el que construyó de aquellas un lavadero; las puertas y retablos se fueron al museo de Altura; el altar mayor está en la iglesia de San Miguel de este municipio; el brocal de su pozo en la Avda. Agustín Sebastián…

De entre las joyas que tenía esta cartuja se encontraba su biblioteca. Cuando la exclaustración contaba con 1349 volúmenes, siendo dos las grandes joyas: el Códice de la Sentencia del Compromiso de Caspe, con el Proemio y Conclusión, redactado por Don Bonifacio Ferrer (hermano de San Vicente Ferrer). Se trata de un original, de los tres que se hicieron, que aquel se trajo a la Cartuja de Vall de Cristo.

La otra joya era una carta hidrográfica plana, muy comentada por los intelectuales y especialistas. Don Joaquín Lorenzo Villanueva habló de ella en su Viaje literario. El Portulano de Mecià de Viladestes es una carta náutica de 1413: Mecià de Viladestes me fecit in ano MCCCCXIII; una joya de pergamino iluminado entre mapas y planos, ilustrada con bellos dibujos. El autor, un judeo-converso catalán, representó a Europa con sus rutas comerciales trans-saharianas, un documento importantísimo para la época.

Portulano

Portulano en piel de Mecià de Viladestes

Cuando los monjes tuvieron que desprenderse de la cartuja en general también lo hicieron de este portulano en particular. Tras muchos avatares éste llegó a París, donde se conserva en la actualidad, concretamente en la Biblioteca Nacional de Francia.

Detalle:

Detalle: Pesca de ballena

Detalle: Península Ibérica

Detalle: Península Ibérica

Detalle:

Detalle: Arabia y la Meca

 

Info: Asociación Cultural Cartuja de Valldecrist

El Papa Benedicto XVI en la Cartuja de San Bruno (2011)

El Papa emérito Benedicto XVI visitó en 2011 la Cartuja de San Bruno, al sur de Italia, en la región de Calabria. Fue en aquella cartuja en donde San Bruno, padre fundador de la Orden, murió.

Benedicto XVI saludó a la cartuja durante su visita pastoral a Lamezia Terme y Serra San Bruno. El día 9 de octubre pronunció una homilía durante el rezo de vísperas que a continuación transcribimos, en ella habla de la espiritualidad monástica tal y como San Bruno la concedió: «“Fugitiva relinquere et aeterna captare” (Abandonar las realidades pasajeras e intentar aferrar lo eterno), tal y como se expresaba San Bruno en una carta al Preboste de Reims, Rodolfo». Dijo así:

El Papa Benedicto XVI en la cartuja de San Bruno (Calabria)

El Papa Benedicto XVI en la cartuja de San Bruno (Calabria)

Venerados Hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos cartujos,
hermanos y hermanas,

Doy gracias al Señor que me ha traido a este lugar de fe y de oración, la Cartuja de Serra San Bruno. Al renovar mi saludo reconocido a monseñor Vincenzo Bertolone, arzobispo de Catanzaro-Squillace, me dirijo con gran afecto a esta comunidad cartuja, a cada uno de sus miembros, a partir del Prior, padre Jacques Dupont, a quien doy las gracias de corazón por sus palabras, pidiéndole que haga llegar mi pensamiento grato y bendiciente al Ministro General y a las Monjas de la Orden.

Quisiera ante todo subrayar que esta visita mía se pone en continuidad con algunos signos de fuerte comunión entre la Sede Apostólica y la Orden Cartuja, que han tenido lugar durante el siglo pasado. En 1924 el Papa Pío XI emanó una Constitución Apostólica con la que aprobó los Estatutos de la Orden, revisados a la luz del Código de Derecho Canónico. En mayo de 1984, el beato Juan Pablo II dirigió al Ministro General una Carta especial, con ocasión del noveno centenario de la fundación por parte de san Bruno de la primera comunidad en la Chartreuse, cerca de Grenoble. El 5 de octubre de ese mismo año, mi amado Predecesor vino aquí, y el recuerdo de su paso entre estos muros está aún vivo. En la estela de estos acontecimiento pasados, pero siempre actuales, vengo hoy a vosotros, y quisiera que este encuentro nuestro pusiera de relieve un vínculo profundo que existe entre Pedro y Bruno, entre el servicio pastoral a la unidad de la Iglesia y la vocación contemplativa en la Iglesia. La comunión eclesial de hecho necesita una fuerza interior, esa fuerza que hace poco el padre prior recordaba citando la expresión “captus ab Uno”, referida a san Bruno: “aferrado por el Uno”, por Dios, “Unus potens per omnia“, como hemos cantado en el himno de las Vísperas. El ministerio de los pastores toma de las comunidades contemplativas una linfa espiritual que viene de Dios.

Fugitiva relinquere et aeterna captare“: abandonar las realidades fugitivas e intentar aferrar lo eterno. En esta expresión de la carta que vuestro Fundador dirigió al Preboste de Reims, Rodolfo, se encierra el núcleo de vuestra espiritualidad (cfr Carta a Rodolfo, 13): el fuerte deseo de entrar en unión de vida con Dios, abandonando todo lo demás, todo aquello que impide esta comunión y dejándose aferrar por el inmenso amor de Dios para vivir sólo de este amor. Queridos hermanos, vosotros habéis encontrado el tesoro escondido, la perla de gran valor (cfr Mt 13,44-46); habéis respondido con radicalidad a la invitación de Jesús: “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mt 19,21). Todo monasterio – masculino o femenino – es un oasis en el que, con la oración y la meditación, se excava incesantemente el pozo profundo del que tomar el “agua viva” para nuestra sed más profunda. Pero la Cartuja es un oasis especial, donde el silencio y la soledad son custodiados con particular cuidado, según la forma de vida iniciada por san Bruno y que ha permanecido sin cambios en el curso de los siglos. “Habito en el desierto con los hermanos”, es la frase sintética que escribía vuestro Fundador (Carta a Rodolfo, 4). La visita del Sucesor de Pedro a esta histórica Cartuja pretende confirmar no sólo a vosotros, que vivís aquí, sino a toda la Orden en su misión, de lo más actual y significativa en el mundo de hoy.

El progreso técnico, especialmente en el campo de los transportes y de las comunicaciones, ha hecho la vida del hombre más confortable, pero también más agitada, a veces convulsa. Las ciudades son casi siempre ruidosas: raramente hay silencio en ellas, porque un ruido de fondo permanece siempre, en algunas zonas también de noche. En las últimas décadas, además, el desarrollo de los medios de comunicación ha difundido y amplificado un fenómeno que ya se perfilaba en los años Sesenta: la virtualidad, que corre el riesgo de dominar sobre la realidad. Cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual a causa de mensajes audiovisuales que acompañan su vida de la mañana a la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta condición, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por el miedo de sentir, precisamente, este vacío. Se trata de una tendencia que siempre ha existido, especialmente entre los jóvenes y en los contextos urbanos más desarrollados, pero hoy ha alcanzado un nivel tal que se habla de mutación antropológica. Algunas personas ya no son capaces de quedarse durante mucho rato en silencio y en soledad.

He querido aludir a esta condición sociocultural, porque esta pone de relieve el carisma específico de la Cartuja, como un don precioso para la Iglesia y para el mundo, un don que contiene un mensaje profundo para nuestra vida y para toda la humanidad. Lo resumiría así: retirándose en el silencio y en la soledad, el hombre, por así decirlo, se “expone” a la realidad de su desnudez, se expone a ese aparente “vacío” que señalaba antes, para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que exista, y que está más allá de la dimensión sensible. Es una presencia perceptible en toda criatura: en el aire que respiramos, en la luz que vemos y que nos calienta, en la hierba, en las piedras… Dios, Creator omnium, atraviesa todo, pero está más allá, y precisamente por esto es el fundamento de todo. El monje, dejando todo, por así decirlo, “se arriesga”, se expone a la soledad y al silencio para no vivir de otra cosa más que de lo esencial, y precisamente viviendo de lo esencial encuentra también una profunda comunión con los hermanos, con cada hombre.

Alguno podría pensar que sea suficiente con venir aquí para dar este “salto”. Pero no es así. Esta vocación, como toda vocación, encuentra respuesta en un camino, en la búsqueda de toda una vida. No basta, de hecho, con retirarse a un lugar como éste para aprender a estar en la presencia de Dios. Como en el matrimonio, no basta con celebrar el Sacramento para convertirse en una cosa sola, sino que es necesario dejar que la gracia de Dios actúe y recorrer juntos la cotidianeidad de la vida conyugal, así el llegar a ser monjes requiere tiempo, ejercicio, paciencia, “en una perseverante vigilancia divina – como afirmaba san Bruno – esperando el regreso del Señor para abrirle inmediatamente la puerta” (Carta a Rodolfo, 4); y precisamente en esto consiste la belleza de toda vocación en la Iglesia: dar tiempo a Dios de actuar con su Espíritu y a la propia humanidad de formarse, de crecer según la medida de la madurez de Cristo, en ese particular estado de vida. En Cristo está el todo, la plenitud; necesitamos tiempo para hacer nuestra una de las dimensiones de su misterio. Podríamos decir que éste es un camino de transformación en el que se realiza y se manifiesta el misterio de la resurrección de Cristo en nosotros, misterio al que nos ha remitido esta tarde la Palabra de Dios en la lectura bíblica, tomada de la Carta a los Romanos: el Espíritu Santo, que resucitó a Jesús de entre los muertos, y que dará la vida también a nuestros cuerpos mortales (cfr Rm 8,11), es Aquel que realiza también nuestra configuración a Cristo según la vocación de cada uno, un camino que discurre desde la fuente bautismal hasta la muerte, paso hacia la casa del Padre. A veces, a los ojos del mundo, parece imposible permanecer durante toda la vida en un monasterio, pero en realidad toda una vida es apenas suficiente para entrar en esta unión con Dios, en esa Realidad esencial y profunda que es Jesucristo.

¡Por esto he venido aquí, queridos hermanos que formáis la comunidad cartuja de Serra San Bruno! Para deciros que la Iglesia os necesita, y que vosotros necesitáis a la Iglesia. Vuestro lugar no es marginal: ninguna vocación es marginal en el Pueblo de Dios: somos un único cuerpo, en el que cada miembro es importante y tiene la misma dignidad, y es inseparable del todo. También vosotros, que vivís en un aislamiento voluntario, estáis en realidad en el corazón de la Iglesia, y hacéis correr por sus venas la sangre pura de la contemplación y del amor de Dios.

Stat Crux dum volvitur orbis – así reza vuestro lema. La Cruz de Cristo es el punto firme, en medio de los cambios y de las vicisitudes del mundo. La vida en una Cartuja participa de la estabilidad de la Cruz, que es la de Dios, de su amor fiel. Permaneciendo firmemente unidos a Cristo, como sarmientos a la Vid, también vosotros, hermanos cartujos, estáis asociados a su misterio de salvación, como la Virgen María, que junto a la Cruz stabat, unida al Hijo en la misma oblación de amor. Así, como María y junto con ella, también vosotros estáis insertos profundamente en el misterio de la Iglesia, sacramento de unión de los hombres con Dios y entre sí. En esto vosotros estáis también singularmente cercanos a mi ministerio. Vele por tanto sobre nosotros la Madre Santísima de la Iglesia, y que el santo padre Bruno bendiga siempre desde el cielo a vuestra comunidad.

 

 

Dom André Poisson, prior de la Gran Cartuja y ministro general de la Orden

André Poissón nació en 1923. Ingresó en la Gran Cartuja con 23 años, en 1946. En el año 1967 fue elegido prior de la misma y ministro general de la Orden, tenía 44 años; aquella misión la realizó durante 30 años. Aquel 1997 cuando dejó el cargo, los priores de las demás cartujas escribieron sobre él: «Durante treinta año, en momentos importantes y a veces difíciles, ha guiado a nuestra familia cartujana y la ha mantenido en la unidad. Con su sabiduría ha permitido a nuestra Orden adaptarse a los nuevos tiempos sin renunciar a nada de su auténtica herencia espiritual».

Este cartujo puede definirse como uno de los maestros espirituales del siglo XX. Dejó muchos escritos (que nos llegan como anónimos por su humildad). Escribió Dom André:
«No nos dejemos distraer de lo esencial a causa del aspecto conmovedor de la comparación utilizada por el Señor. La exigencia que espera es radical, es la entrada en el reino lo que está en juego. La conversión, la “metanoia” que se nos pide cada día, es adquirir la actitud no de hacer toda clase de proezas o hazañas sino de convertirse y hacerse como niños (Mt 18, 3)»

Monje cartujo

Monje cartujo

La relación de André Poisson con Dios estaba fundada por entero sobre la confianza total en su amor. En cada circunstancia de la vida, feliz o menos feliz, era constante su abandono confiado y filial en los brazos del Padre, en quien se acurrucaba como un niño.

El Padre no nos deja solos… confiemos en él porque sabe el plan que nos tiene preparado.

Aceptar al Espíritu, a uno mismo y al semejante

San Bruno

San Bruno

 

Escribió un monje cartujo:

«Pero si yo quiero ser acogedor respecto al Espíritu, en primer lugar es preciso que me ponga a la escucha de todos los que me rodean, ser realmente acogedor en la vida concreta: con aquel que viene a hablarme de sus historias, con aquel que me juega una mala pasada sin darse cuenta, con el que me cansa, con el que me molesta. E incluso con aquel al que espontáneamente amo mucho debo ser acogedor, es decir, no debo ser posesivo y devorarlo; al contrario, debo acogerlo tal como es, de manera que, después de haber sido acogido por mí, él sea aún más él mismo, que yo le haya ayudado a recibirte a ti, Jesús. Si quiero ser realmente ser acogedor de todo lo que viene del Padre, tengo que acoger a todos los hombres que tú me envías y, además, acoger todo lo que me das en la realidad que me rodea: las cosas bonitas y las menos bonitas, todo lo que afecta a mis sentidos […] Porque eres tú el principio y la raíz de todos estos seres, yo tengo que ser con ellos infinitamente acogedor. Finalmente es necesario que yo me acoja a mí mismo. Este ser, cuerpo y espíritu, que soy yo, no me pertenece o, mejor dicho, si me pertenece es porque el Padre me lo ha dado».

 

Por un monje cartujo: Acoger a Cristo. Burgos: Monte Carmelo, 2009.

El sueño de San Hugo

San Hugo, obispo de Grenoble (Francia), fue discípulo del Padre fundador de la Orden: San Bruno.

San Hugo (a la izquierda) como co-fundador de la Orden

El obispo San Hugo  (a la izquierda) porta una iglesia como símbolo de co-fundador de la Orden

Hugo nació en Châteauneuf-sur-Isère hacia el año 1053. Estudió en Rrims, al noreste de Francia, allí conoció a San Bruno como profesor suyo. Con el paso del tiempo fue nombrado canónigo de Valence y después obispo de Grenoble entre los años 1080 y 1132, hasta que muriese con 79 años tal día como hoy, 1 de abril.

La vida de San Hugo siempre está asociada a la Orden de la Cartuja. Fue en el año 1084 cuando recibió a San Bruno con sus seis compañeros en su diócesis con la intención de retirarse del mundo. Aquellos siete monjes fundarían la Orden, cuyo fin principal sería la alabar a Dios en la soledad: la contemplación.

Cuenta la leyenda que San Hugo tuvo un sueño premonitorio de aquella visita. Soñó que siete estrellas en el firmamento (símbolo iconográfico muy habitual en la Orden), que representaban a los siete hombres que buscaban la soledad alpestre. Hugo los condujo por un laberinto de montañas escarpadas de su diócesis, hasta un desierto de rocas y de pinos, llamado Chartreuse (Cartuja). Ahí, construyeron cabañas de madera y un oratorio de piedra. Un pobre refugio de donde nació la Grande Chartreuse (Gran Cartuja). Desde hace unos 9 siglos, en ese mismo lugar, la Orden sigue viva iluminando el cielo como aquellas siete estrellas lo hicieran en el sueño de San Hugo.

San Hugo duerme junto a su mitra de obispo. Su sueño: siete estrella en el cielo

San Hugo duerme junto a su mitra de obispo. Su sueño: siete estrella en el cielo (pintura de Vicente Carducho)

Así fue como Hugo ayudó a fundar la comunidad eremítica de la Cartuja en aquellos parajes yermos e inhóspitos. Desde entonces éste siempre se asociaría al orden, representado con los hábitos episcopales y por debajo su casulla blanca.

Tras su muerte fue canonizado rápidamente, tan sólo dos años después de su muerte. Fue el 22 de abril de 1134 por el Papa Inocencio II.

Dibujos del s. XV sobre la fundación de la Cartuja: el sueño, la llegada de San Bruno y sus compañeros, la elección del lugar y la fundación (A Carthusian miscellany of poems, chronicles, and treatises... British Library)

Dibujos del s. XV sobre la fundación de la Cartuja: el sueño, la llegada de San Bruno y sus compañeros, la elección del lugar y la fundación (A Carthusian miscellany of poems, chronicles, and treatises… British Library)